domingo, 11 de octubre de 2026

La Paradoja Estoica



RESUMEN: El artículo aborda el conocido problema de la intersección del determinismo estoico y la moralidad para reabrir la cuestión de la noción estoica de asentimiento. Mediante el análisis de las fuentes conocidas se encamina hacia un doble objetivo: en primer lugar, mostrar que tiene razón la llamada interpretación compatibilista al afirmar que los estoicos no abandonan su postura determinista al introducir su psicología de la acción y defender la idea de responsabilidad. En segundo lugar, que esta interpretación compatibilista pretende demasiado, sin embargo, cuando intenta demostrar –en su esfuerzo sistematizador– que el asentimiento es simplemente el resultado del encuentro de dos causas: el carácter particular de un agente y la impresión sensorial. Al señalar el énfasis original puesto en el asentimiento, el artículo también sostiene que esto es lo que está en el origen de la paradoja de la interpretación, a saber, que los estoicos sirvieron desde los primeros tiempos como inspiración para las ideas de libertad de acción, por un lado, y sin embargo fueron criticados por descartarla como posibilidad, por el otro. El argumento es negativo en la medida en que muestra maneras en las que no debe entenderse el asentimiento en lugar de dar su definición positiva. Al hacerlo, sin embargo, intenta crear espacio para un nuevo análisis que podría indicar un sentido más rico del concepto estoico de razón de lo que habitualmente se le ve.

Podría parecer que el tema que quiero abordar ya ha atraído suficiente atención. No sólo han surgido numerosas interpretaciones sobre el determinismo estoico en el campo de la acción humana desde el resurgimiento de los estudios estoicos, sino que también parece que, en tiempos recientes, ya existe un cierto consenso en cómo entender este tema y resolver los problemas relacionados con él. Esto se debe principalmente a los autores que se han declarado radicalmente a favor de la interpretación determinista de los estoicos[1]. Su interpretación puede resumirse diciendo que los estoicos opinaban que el hombre está sujeto al destino, es decir, determinado en lo que hace, y es responsable de sus acciones. Esta afirmación, llamada compatibilismo estoico en la literatura, es correcta. Creo, sin embargo, que a pesar de los análisis cuidadosos y convincentes de las fuentes, la forma en que se establece esta interpretación tiende a ocultar aspectos importantes de la teoría original. Más precisamente, el problema con esta comprensión es que nos impide mantener la diferencia entre el hombre y el objeto inanimado. Esta diferencia era, sin embargo, de tal importancia para los estoicos que debe ser yuxtapuesta a la tesis del determinismo como una de las condiciones de interpretación: la comprensión correcta de la teoría estoica de la acción es aquella que dice que el hombre, por una parte, no está fuera del destino universal y que, por otra, no es como un cilindro (por tomar el conocido ejemplo del debate sobre la responsabilidad).




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Vladimir Mikes
Le paradoxe stoïcien: L’action déterminée et la responsabilité
Revue Philosophie Antique · Vol 8 - 2018
Traducido: Yerko Isasmendi



1) Bobzien 1998; D. Frede 2003; Brennan 2001; Brennan 2003; Salles 2005.

viernes, 18 de septiembre de 2026

La muerte cristiana de un filósofo pagano



La muerte de Séneca (La Mort de Sénèque), de Tristan L'Hermite, estrenada en 1644[1], es un ejemplo del uso literario de una figura histórica y su transformación en un personaje teatral. Tras la historia que ocupó a este filósofo en el pensamiento del siglo XVII,  Tristan también ilustró una memoria literaria que reveló una figura que perduró en la imaginación de su tiempo. La importancia de esta figura está ligada no solo a la difusión de la cultura clásica derivada de la tradición humanista[2], sino también a una institución en el corazón de la cultura de la época: el arte de la muerte[3]. Además de aprender, a través de su filosofía, un lugar esencial en su discurso sobre la muerte, Séneca constituye un modelo de constancia digno de imitación. Parafraseando a Pierre-Antoine Mascaron, la muerte de este filósofo es «la muerte más hermosa que nuestras ofrecen los siglos pasados»[4]. El ejemplo de que esta muerte resultó en más poder porque combinó una filosofía que respondía a la crisis de finales del siglo XVI y principios del XVII  con la fuerza de un estilo de efectos contagiosos[5]. En varias ocasiones, los críticos se enamoraron del personaje de Cristiano del Séneca retratado por Tristán[6]. El monólogo pronunciado por el filósofo en el momento de su muerte, según lo narrado por el centurión, no deja lugar a dudas al respecto:

«Entonces, mirando hacia arriba,
Dijo, alzando la voz débil y temblorosa:
En el hueco de su mano, recogiendo agua ensangrentada,
Apenas lo había lanzado al aire desde su altura:
¡Esto es lo que te ofrezco, oh Dios Liberador!
Dios, cuyo nuevo sonido ha cautivado mi alma,
Dios, que no es sino amor, espíritu, luz y vida,
Dios del hombre de Tarso, en quien pongo mi esperanza:
Mi alma proviene de ti, por favor recíbela»[7].

Tristán no es ciertamente el primer autor al que se le atribuye a Séneca un discurso cristiano; la imagen presentada por el dramaturgo puede, como han señalado algunos críticos, situarse dentro de una tradición que se remonta a la Edad Media y se basa en el mito de un encuentro entre el filósofo y San Pablo[8]. Aunque el carácter cristiano del Séneca presentado por Tristán es indudable, es importante examinar la relación entre la imagen ofrecida por Tristán y la tradición «medieval» del Séneca cristianizado, ya que esta última fue fuertemente cuestionada por los humanistas[9]. ¿Podemos entonces simplemente vincular la obra de Tristán a una creencia, en parte obsoleta, que ingenuamente persistió en la obra de ciertos autores? ¿O es mejor, por el contrario, seguir a otros críticos y relacionar la obra de Tristán únicamente con el relato de Tácito sobre la muerte de Séneca en el Libro XV de los Anales[10].  La cuestión no es meramente una cuestión de detalle académico; además de examinar el funcionamiento mismo de la imaginación, nos lleva al meollo del problema de la apropiación cristiana de la herencia pagana. La recepción del pensamiento estoico en el siglo XVII  ha sido objeto de diversos estudios, y las obras de Julien-Eymard d'Angers[11] y, más recientemente, Denise Carabin[12] han demostrado claramente el destino de Séneca en el ámbito del debate intelectual. Pero ¿qué hay de la imagen, el «fantasma» de Séneca que, incluso antes de aparecer en los escritos de Tristán, rondaba la imaginación del siglo XVII ?  Porque, al igual que su pensamiento, la imagen del filósofo se ofrecía como modelo a quienes deseaban alcanzar la constancia y escapar del miedo a la muerte. En el resto de este artículo, me propongo estudiar cómo esta (re)cristianización de la muerte de Séneca toma forma en varios autores de la primera mitad del siglo XVII, lo cual, lejos de ser un eco ingenuo de creencias pasadas, implica un complejo proceso de apropiación de la imagen de Séneca.


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Michel Fournier
La mort chrétienne d'un philosophe païen.
Varia, Presses Universitaires de France
Traducido: Yerko Isasmendi



1) Véase la introducción de Jean-Pierre Chauveau à Tristan L’Hermite, La mort de Sénèque, in Œuvres complètes, t. IV : Les tragédies, Paris, Honoré Champion, 2001, p. 233-240.
2) Sobre la importancia de Séneca en la educación por las letras heredera del humanismo, véase Emmanuel Bury, Littérature et politesse. L'invention de l'honnête homme 1580-1750, París, PUF, 1996, en particular el capítulo 1 "De lapaideia à l'honneur. Lectures humanistes et vérité morale", p. 9-44.
3) Sobre las artes de morir, véase Roger Chartier, “Les arts de mourir, 1450-1600”, Annales. Economías, sociedades, civilizaciones, 1976, págs. 51 a 75; así como Daniel Roche, “'La mémoire de la mort'. Recherche sur la place des arts de mourir dans la Librairie et la listening en France aux XVIIe et XVIIIe siècles”, Annales. Economías, sociedades, civilizaciones, 1976, págs. 76-119. Sobre la cuestión de la representación de la muerte en el período anterior al que es objeto de este estudio, véase Claude Blum, La représentation de la mort dans la littérature française de la Renaissance, 2 vols., París, Honoré Champion, 1989. Por último, sobre la cuestión de la muerte bajo el Antiguo Régimen, véase Pierre Chaunu, La mort à Paris, XVIe, XVIIe et XVIIIe siècles, París, Fayard, 1978.
4) Pierre-Antoine Mascaron, La mort et les dernières paroles de Sénèque, Paris, Jean Camusat, 1637, dédicace.
5) Véase el capítulo de Marc Fumaroli titulado “Saturne et les remèdes à la mélancolie” en el Précis de littérature du XVIIe siècle, editado por Jean Mesnard, París, PUF, 1990, pp. 29-46.
6) Como señala Jean-Pierre Chauveau, «no hay ninguna ruptura de continuidad entre el Séneca de las estrofas y el Séneca que abrazó el cristianismo en los últimos versos del relato del centurión, ni ninguna razón para dudar, incluso si la idea proviene de Mascarón o Caussin, de la resonancia claramente cristiana del edificante final de La muerte de Séneca», De La mort de Sénèque à Cinna, ou de la division à la réconciliation », dans Du baroque aux Lumières : pages à la mémoire de Jeanne Carrial, Paris, Rougerie, 1986, p. 54-58, p. 57.
7) Tristan L’Hermite, La mort de Sénèque, in Œuvres complètes, op. cit., p. 335.
8) Comparando al Séneca de Tristán con el descrito por La Mothe Le Vayer en * De la vertu des payens *, April G. Shelford escribe que "mientras que Tristán aprovechó la creencia generalizada de que Séneca y Pablo se habían conocido, Le Vayer aceptó el juicio de Erasmo y otros eruditos de que la correspondencia de Séneca con Pablo era espuria, y desestimó la idea de que Séneca se hubiera convertido" ("François La Mothe Le Vayer and the defense of pagan virtue," * Seventeenth Century *, vol. XV, n.º 1  , 2000, p. 76). Paul Faider, en sus * Études sur Sénèque * (Gante, Van Rysselberghe et Rombaut, 1921, p. 144), ya destaca esta conexión con la tradición medieval.
10) Véase Charles Aubertin, Sénèque et saint Paul : étude sur les rapports supposés entre le philosophe et l’apôtre, Paris, Didier et Cie, 1869, en particular el capítulo IV “La critique moderne et la légende de Sénèque et de saint Paul”, págs. 399-407.
11) Sobre esta otra posibilidad, véase Jacques Madeleine, quien, en su edición crítica de La muerte de Séneca (París, Nizet, 1984), escribe: «Ni en el panfleto de Mascarón ni en el capítulo de Caussin pudo Tristán encontrar mucho que no estuviera en Tácito; por lo tanto, lo más sencillo para él fue acudir directamente a los Anales latinos, y ese fue el camino que siguió» (p. XV). Para el relato de Tácito, véase Anales, vol. IV (libros XIII-XVI), texto establecido y traducido por P. Wuilleumier, París, Les Belles Lettres, 1978, pp. 188-192.
12) Denise Carabin, Les idées stoïciennes dans la littérature morale des XVIe et XVIIe siècles París, Honoré Champion, 2004, en particular la tercera parte de la obra, titulada « Ruptures ou approfondissements du stoïcisme au XVIIe siècle, jusqu’en 1642», págs. 653-905. Sobre  el estoicismo del siglo XVII  , véase también la colección Le stoïcisme au XVIe et au XVIIe siècle. Le retour des philosophies antiques à l’Âge classique, editada por Pierre-François Moreau, París, Albin Michel, 1994

Teología y alegoría estoica en el Compendio de Cornuto


La exégesis de los mitos revela con particular agudeza la compleja relación entre religión y racionalidad en la Antigüedad: para un lector occidental, no siempre es fácil comprender cómo los platónicos y los estoicos, defensores de una piedad racional, pueden estar interesados en historias que atribuyen pasiones humanas a los dioses y que pudieran  alimentar la superstición. Mientras que, para los platónicos, el mito tiene esta peculiaridad de que conserva por su simbolismo el misterio del Dios trascendente, en el caso de los estoicos, expresa las intuiciones de los primeros hombres del cosmos, de las cuales el alegórico explicará el sentido racional: las pasiones, los adulterios y las luchas son sólo la expresión poética de la naturaleza del Dios cósmico, inmanente, accesible al conocimiento humano y quién gobierna de manera racional el cosmos.

Este segundo paso no dejó de ser condenado por los epicúreos y los platónicos: al hacer de los dioses mitológicos el símbolo del logos divino, ¿no se arriesga la alegoría estoica a reducir lo divino a simples poderes físicos? ¿No introduce en la religión un racionalismo excesivo que corre el riesgo de socavar el politeísmo pagano?[1].

La pregunta merece ser formulada pero se basa, en nuestra opinión, en una percepción esquemática de la exégesis estoica. Intentaremos mostrar que la alegoría estoica no conduce a una interpretación puramente racionalista de los dioses mitológicos, sino que dota a la teología estoica de ese simbolismo que tendía, en su forma discursiva y dogmática, a simplificar. Es decir, si ofrece una interpretación refinada de la mitología, su expresividad deja al mismo tiempo huellas en la elaboración estoica de lo divino. Para ello, estudiaremos el lugar de las representaciones antropomórficas y lo irracional en la lectura filosófica del mito, dejando de lado otra cuestión cuya mayor importancia por sí sola merece un estudio aparte: se trata de la noción de misterio en un sistema teológico que sustenta el inmanentismo divino. Si bien tradicionalmente los especialistas parten de fragmentos de los antiguos estoicos para responder a tal pregunta, consideramos más relevante basarnos en la única obra de alegorías estoicas que nos ha sobrevivido casi intacta: el Compendio, breviario de los exégetas estoicos del mito, escrito en el siglo I d.c.,  por el gramático y filósofo Lucio Anneo Cornuto, maestro de Lucano y Persio.

La alegoría de los mitos al servicio de la piedad de la razón
Piedad y superstición estoica

Los estoicos redefinieron la noción de piedad tomando como referencia, no la religión institucional, sino la figura del Sabio que es el único entre los mortales que comparte la perfección moral y racional con los dioses. A partir de entonces, situadas en el marco de la ciudad universal que une hombres y dioses, una comunidad de seres racionales, las nociones de piedad o sacerdocio ya no suponen simplemente la realización y el conocimiento de los ritos civiles sino que se basan en la adquisición de la razón y la adhesión total del hombre al orden cósmico[2]. Epicteto amplía esta definición en el Manual subordinando la piedad al ascetismo de las pasiones (Manual, cap XXXI, 1-2):  «En cuanto a la piedad hacia los dioses (Τῆς περὶ τοὺς θεοὺς εὐσεβείας), sepan que lo más importante es esto: tener juicios rectos (ὀρθὰς ὑπολήψεις) sobre ellos, es decir, que existen, que 'gobiernan el universo de una manera buena y justa, y estar dispuesto a obedecerlos, ceder a ellos y seguirlos de buen grado en cualquier cosa que suceda (τὸ πείθεσθαι αὐτοῖς καὶ εἴκειν πᾶσι τοῖς γινομένοις θυθθ αονομένοις θυθθ αονομένοις κυθὶ αονομένοις κυθὶο αολοοςθθνοις κυθὶο αολοοςθθνοις κυθὶο αολοοςθθνοις κυθὶο αολοοςθθνοις κυθὶο αολοοςθθνοι κυθὶο αολοοννοις Así que no culparás a los dioses y no los culparás por descuidarte. Pero esto solo puede suceder si quitas lo bueno y lo malo de lo que no depende de nosotros y los colocas solo en lo que depende de nosotros»[3].

El extracto se encuentra al comienzo del capítulo XXXI del Manual dedicado a la noción de piedad (Τῆς περὶ τοὺς θεοὺς εὐσεβείας). En la religión romana, la pietas consiste en realizar los ritos siguiendo estrictamente las reglas prescritas por la ley del culto[4]. Ahora bien, en Epicteto, la piedad es ante todo intelectual. Por un lado, es una cuestión de conocimiento: un hombre entrenado en lógica debe hacer buen uso de su juicio al aceptar la tesis estoica de que el mundo está gobernado por una providencia razonable y benevolente. Por otro lado, la piedad surge de la voluntad: el hombre piadoso, gracias a un riguroso ascetismo de sus deseos y aversiones, primero τόπος en el programa educativo de Epicteto, conformará su voluntad particular a la voluntad del conjunto aceptando cualquier acontecimiento. En otras palabras, del conocimiento filosófico de los dioses y la terapia de las pasiones depende la correcta ejecución de los ritos.

Sin embargo, tal concepción de la religión parece difícilmente compatible con los relatos mitológicos, como ha señalado en repetidas ocasiones Séneca: según él, al atribuir las pasiones humanas a los dioses, estos relatos dan una representación errónea de lo divino y exacerban las pasiones[5]. Como no se basan en la razón ni en el verdadero conocimiento de lo divino, fomentan la superstición, una subcategoría de una de las cuatro pasiones estoicas, el miedo, que resulta en exceso en el culto a los dioses[6].



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Jordi Pià Comella
Théologie stoïcienne et allégorie dans l’Abrégé de Cornutus : une rationalisation totale du mythe?
Traducción : Yerko Isasmendi

Aspectos institucionales de la escuela estoica


Se sabe aún menos sobre el carácter institucional de la Stoa que sobre el de otras escuelas atenienses. No tenemos pruebas de que Zenón haya legado a su sucesor ningún tipo de propiedad académica, estructura financiera o jerarquía organizativa. Lo que está bien atestiguado, sin embargo, es que, como en otras escuelas filosóficas, había un director formal (el 'erudito'). Se desconoce si era nominado por su predecesor o elegido después de su muerte, pero una vez nombrado, ciertamente ocupaba el cargo de por vida.

Aunque la estructura institucional de la escuela sigue siendo oscura, la cuestión de las finanzas evidentemente tenía un gran peso. No todos los adherentes a la escuela eran ricos; Cleantes, en particular, tenía fama de ser pobre y se dice que cobraba honorarios[1].Su sucesor Crisipo escribió en apoyo de dicha práctica, que él mismo adoptó claramente[2], al igual que al menos uno de sus propios sucesores, Diógenes de Babilonia[3]. En su obra Sobre los medios de vida, Crisipo amplió la pregunta, preguntando de cuántas maneras un filósofo podría ganarse la vida de manera apropiada. Los únicos tres medios aceptables, concluyó, eran servir a un rey (si uno no podía ser rey), confiar en los amigos y enseñar. No hay evidencia de que Crisipo adoptó la primera de estas prácticas, y se dice que Zenón rechazó explícitamente las invitaciones a la corte macedonia[4]. Sin embargo, otros importantes estoicos sí la adoptaron: Perseo aceptó la invitación de la corte macedonia en lugar de Zenón, y Esfero, un contemporáneo más joven, tenía fuertes vínculos con las cortes alejandrina y espartana.

Independientemente de las consideraciones financieras, algunos de estos vínculos dinásticos fueron indudablemente de considerable importancia política para la fortuna a largo plazo de la Estoa[5]. También en Atenas, la reputación pública de la escuela parece haber sido alta. Después del breve período en el 307 durante el cual los filósofos fueron exiliados de la ciudad (irónicamente, un síntoma de su creciente importancia política), todos los signos apuntan a que gozaron de una considerable estima pública. Aunque, aparte de Epicuro, prácticamente todos los filósofos helenistas de quienes oímos hablar no eran atenienses, parece claro que a muchos se les concedió la ciudadanía ateniense[6]. Además de la ciudadanía, se concedieron a los filósofos otros reconocimientos de eminencia. Zenón de Citio, por ejemplo, aunque se dice que rechazó la oferta de ciudadanía por respeto a su ciudad natal, fue honrado formalmente por los atenienses en un decreto en el momento de su muerte[7]: 

«Puesto que Zenón de Citio, hijo de Mnaseas, que ha vivido durante muchos años en la ciudad dedicado a filosofar, y que también en los demás respectos se ha portado como persona de mérito, exhortando a quienes acudían a su en­cuentro a la virtud y a la moderación, los ha estimulado a los fines más elevados, presentando a todos como ejemplo su propia vida en perfecto acuerdo con las doctrinas que él profesaba, le ha parecido bien al pueblo -con buena fortuna- elogiar a Zenón de Citio, hijo de Mnaseas, y coronarlo con una corona de oro de acuerdo con la ley, en honor a su virtud y sabiduría moral, y construirle un sepulcro en el Cerámico a costas del erario público».

(El decreto continúa con detalles de los comisionados nombrados para supervisar el trabajo).

Es desde mediados del siglo II en adelante cuando la posición cívica de los filósofos parece haber sido más notable. En el 155, los actuales jefes de la Estoa (es decir, Diógenes de Babilonia), la Academia y los Peripateticos fueron elegidos como embajadores para representar a Atenas en las negociaciones en Roma, pidiendo la condonación de una multa impuesta a la ciudad por el saqueo de Oropus[8]. La ocasión fue de especial importancia histórica debido a las abarrotadas conferencias que los filósofos dieron mientras estaban en Roma, causando ondas de choque entre el establishment romano, pero haciendo más que cualquier otro evento individual para encender en Roma una fascinación por la filosofía, que no disminuirá durante el resto de la antigüedad y tendrá especial importancia para la futura fortuna del estoicismo.



The cambridge companion to The Stoics
The school, from Zeno to Arius Didymus
David Sedley
Traducción: Yerko Isasmendi


Notas

La primera generación de la escuela estoica


El título temporal de "zenonianos" debe haber reflejado el dominio intelectual de Zenón sobre el grupo reunido a su alrededor, más que cualquier sumisión formal a su liderazgo por su parte, o para el caso, cualquier estructura institucional oficial (sobre la cual nuestras fuentes guardan elocuentemente silencio). Durante la vida de Zenón no hay indicios del fenómeno que, como veremos, iba a mantener unida a la escuela ateniense después de su muerte, es decir, un compromiso formal con su autoridad filosófica. Sus principales colegas eran un grupo altamente independiente y heterogéneo. Sería un error dar la impresión de que no se esperaba ningún grado de conformidad doctrinal: cuando, por ejemplo, uno de los seguidores eminentes de Zenón, Dionisio de Heraclea (más tarde apodado "Dionisio el renegado"), fue inducido por una condición médica atroz a rechazar el doctrina de que el dolor físico es indiferente y, por lo tanto, a abrazar el hedonismo, abandonando la escuela estoica por completo. Sin embargo, a diferencia de las generaciones posteriores, lo que destaca es la falta de conformidad.

Esta diferencia no debería causar sorpresa, ya que refleja el patrón amplio de lealtad filosófica en el mundo antiguo. La evolución de una escuela formal alrededor de un líder era probable, como en el propio caso de Zenón, un proceso gradual, durante el cual las diferencias emergentes de opinión seguirían floreciendo. Por lo general, solo después de la muerte del fundador se canonizaban sus pensamientos y escritos, de modo que la pertenencia a una escuela llegaría a implicar algún tipo de compromiso implícito para mantenerlos. La escuela de Platón, la Academia, ilustra de manera excelente este patrón. Durante la vida de Platón, podría albergarse desacuerdos filosóficos fundamentales entre Platón y sus principales asociados (incluido Aristóteles). Después de su muerte, el compromiso de defender la filosofía de Platón y respetar la autoridad de su texto se hace evidente entre sus sucesores durante muchos siglos, a pesar de sus posiciones ampliamente divergentes sobre lo que significaba su filosofía (como hemos visto, la Nueva Academia consideró su esencia más crítica que doctrinal). Se puede detectar una distinción similar entre la primera generación y las siguientes incluso en la escuela epicúrea supuestamente autoritaria[1].

Entre los estoicos de la primera generación, el colega más notable de Zenón fue Aristo de Quíos, quien, si alguna vez toleró la etiqueta de "zenóniano", lo hizo en virtud de ser miembro del círculo de Zenón, y ciertamente no un devoto seguidor de asuntos doctrinales, puesto que rechazó explícitamente las dos partes no éticas de la filosofía, la física y la lógica, respaldadas por Zenón, y en la teoría ética se mantuvo mucho más cerca de la reciente tradición socrático-cínica que el propio Zenón, rechazando la doctrina clave de este último de que las ventajas corporales y externas, aunque moralmente 'indiferente', puede ser clasificado en términos de su preferencia natural o falta de ella. Según Aristo, el término 'indiferentes' debe tomarse al pie de la letra: dado que la salud o la riqueza, si se usan mal, hacen más daño que la enfermedad o la pobreza, por lo que no hay nada intrínsecamente preferible en ninguno de los dos casos, y las reglas típicamente zenonianas como «en igualdad de condiciones, trata de mantenerte saludable» oscurecen dañinamente esa indiferencia.

Probablemente fue solo después de la muerte de Zenón (262), con la consiguiente canonización de su pensamiento, que la independencia de Aristo comenzó a parecer una herejía; bien puede haber sido en esta etapa que llegó a establecer su propia escuela[2]. Se dice que estuvo en el gimnasio Cinosargo fuera de las murallas de la ciudad de Atenas. La tradición estoica posterior eligió venerar a Zenón pero no a Aristo y, debido a que la historia la escriben los ganadores, Aristo ha llegado a ser visto en retrospectiva como una figura marginal y herética. Esto ciertamente no fue así en su época, cuando su impacto en Atenas fue enorme. Por ejemplo, Arcesilao, quien llevó a la Academia a su fase escéptica, parece haber entablado un debate con Aristo al menos tanto como con Zenón. Entre los alumnos de Aristo podemos encontrar a un destacado estoico, Apolofanes, y al célebre científico, Eratóstenes.

Hay signos de independencia filosófica también en otras figuras de la escuela de la primera generación. Se informa específicamente que Herilo de Cartago, que tenía puntos de vista poco ortodoxos sobre el "fin" moral, incluyó críticas a Zenón en sus escritos[3]. Y el propio Perseo nativo de Citio e indudablemente un estrecho colaborador de su conciudadano Zenón, sin embargo escribió diálogos en los que se retrataba a sí mismo discutiendo en su contra (Ateneo 162d). El único estoico de primera generación que aparece claramente en las fuentes como comprometido a respaldar los pronunciamientos de Zenón es Cleantes; y, por lo que sabemos, la evidencia de esto puede representar completamente el período posterior a la muerte de Zenón en 262, cuando el propio Cleantes asumió la dirección de la escuela. 



The cambridge companion to The Stoics
The school, from Zeno to Arius Didymus
David Sedley
Traducción: Yerko Isasmendi

Musonio Rufo y la teoría ascética romana


El ascetismo durante generaciones ha sido motivo de gran interés para los académicos en el estudio de la religión. En años más recientes, sin embargo, como los estudios interdisciplinarios han reunido disciplinas a menudo divergentes[1], el ascetismo ha surgido como un tema importante en el estudio tanto de la religión como de la filosofía en la antigüedad, especialmente en la Antigüedad tardía[2]. El estudio de la religión, la historia de la filosofía y los clásicos convergen particularmente bien para estudiar la historia del ascetismo occidental. Este ensayo explora la intersección de esos intereses al explorar la teoría ascética del filósofo romano Musonio Rufo.

Musonio Rufo (ca 30-102 E.C.), nació en Volsinii, era etrusco de nacimiento y eques por estatus. Su influencia como filósofo, sin embargo, surgió de su enseñanza y participación en la política en Roma. Cora Lutz, la traductora al inglés de los tratados de Musonio, sostuvo que «estaba en el apogeo de su influencia en la época de Nerón», mientras que sus interacciones políticas incluían el destierro por parte de Nerón, la participación en la actividad política durante el reinado de Vespasiano, quien también lo desterró, y la reinstalación por parte de Tito. Su influencia intelectual en el período imperial fue notable, abarcando a personalidades: de la talla de Plinio el Joven y Clemente de Alejandría; además de haber sido el maestro de los influyentes filósofos Dio Crisóstomo y Epicteto[3]. Tanto en la antigüedad como en los tiempos modernos, Musonio ha sido caracterizado como el Sócrates romano[4]. Generalmente se le reconoce como un filósofo importante de la Stoa imperial[5]. 

Musonio es el primer autor occidental de quien tenemos un discurso registrado sobre el ascetismo[6]. Por supuesto, el concepto de formación ascética, designado verbalmente por las palabras griegas μελετάω, γυμνάζω, άσκέω y sus afines[7], era parte de la tradición filosófica anterior a Musonio, y muchos filósofos antes hablaron de la actividad ascética como parte de la vida filosofía y cívica, algunos de los cuales incluso pueden haber escrito tratados sobre el ascetismo[8]. Desde la perspectiva de los estudios religiosos, la vida y las enseñanzas de los cínicos desde su fundación hasta la Antigüedad tardía proporcionan un testimonio importante de este prolongado interés y orientación hacia el ascetismo[9]. Además, la literatura moral terapéutica del período helenístico y romano, leída con la teoría ascética en mente, apunta hacia la naturaleza omnipresente de la cuestión ascética[10]. Pero ninguno de estos escritos de un período anterior a Musonio sobre la teoría del ascetismo ha sobrevivido.

La primera articulación tangible de una teoría ascética[11] surge de los resúmenes escritos por Lucio, un estudiante o seguidor de Musonio Rufo[12]. De Musonio y su estudiante Epicteto, como James Francis demuestra, el ascetismo romano florece en el siglo II EC[13]. La forma más influyente de la teoría ascética romana[14] se desarrolla durante los siglos III y IV en la obra de Plotino, Porfirio, Jámblico y Proclo[15].

Aunque Musonio proporciona la teoría ascética más antigua existente, pocos eruditos han notado, explorado o explicado su teoría en relación con su filosofía. "Musonius and Greek Diatribe"  de A. C. Van Geytenbeek, por ejemplo, revisa las principales doctrinas de la ética y la filosofía musonianas y tiene la intención de ubicar la enseñanza de Musonio en el contexto de la diatriba, la filosofía popular del período helenístico y romano. Un capítulo (96-123) titulado "Los problemas del ascetismo" discute la enseñanza de Musonio con respecto a la regulación de la comida, la ropa, el calzado, las condiciones de vida del hogar, los muebles y la higiene personal del filósofo sin abordar el Discurso VI, que se titula "Sobre el ascetismo". Van Geytenbeek (40-50) trata el Discurso VI principalmente bajo la rúbrica de “Educación práctica para la virtud” donde askesis se relaciona principalmente con la práctica y promulgación de principios éticos. Van Geytenbeek rechaza la propia categorización y sistematización de Musonio al explorar el ascetismo, y analiza solo las categorías aplicadas del ascetismo de Musonio. Dos disertaciones inéditas muestran la misma tendencia. La tesis de 1970 de Delbert Wiens, "Musonius Rufus and Genuine Education", trata el ascetismo como parte de la educación de los adultos, pero algo distinta de la educación de los niños. La disertación de Joseph Houser de 1997, "The Philosophy of Musonius Rufus: A Study of Applied Ethics in the Late Stoa", también explora tentadoramente la "ética aplicada" y se acerca a la filosofía de Musonio desde su aplicación generalizada práctica. Aunque valora la aplicabilidad de Musonio e incluso su teoría de la askesis, Houser nunca estudia expresamente la practicidad de Musonio como parte del discurso filosófico y teológico más amplio sobre el ascetismo. Para Houser, la practicidad de Musonio sigue siendo una expresión de una disposición filosófica más que una reformulación de la filosofía misma hacia la teoría y la práctica ascéticas[16].  De hecho, el ascetismo en el período clásico fue una función de la educación que comenzó al menos con Aristóteles, pero no se puede suponer que tal formación educativa fue la única aplicación del ascetismo, particularmente entre los filósofos que exploran la vida moral. Especialmente cuando Musonio aborda directamente la cuestión de la teoría ascética, esa teoría ascética debe tomarse en serio como fundamental para una descripción y análisis de su ascetismo, y esa teoría ascética debe integrarse en la comprensión de la filosofía y la ética del autor. Este no ha sido el caso de quienes estudian la filosofía de Musonio.



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Richard Valantasis
Greek, Roman, and Byzantine Studies 40 (1999) 207–231
Traducción : Yerko Isasmendi

L'ascèse cynique. Un commentaire de Diogène Laërce VI 70-71.



El lector de Diógenes Laercio siempre se siente dividido entre la gratitud que le debemos: - «¡nos ha dado tanta información que, sin él, se habría perdido!»- , la irritación que provoca su amor infantil por la anécdota y la calidad a menudo mediocre de sus presentaciones dogmáticas, lo que sin lugar a dudas no pueden dejar de provocarnos. De hecho, las anécdotas, cuando se trata de Diógenes de Sinope, podríamos decir que, en toda la historia de la filosofía, no hay ningún personaje al que le hayamos prestado más palabras, no más réplicas, no más actitudes singulares que a él. Estaremos muy agradecidos con M.-O. Goulet-Cazé por haber llamado su atención y atraer la nuestra hacia el pasaje que, en DL, VI, 70-71, expone las opiniones de Diógenes sobre la ἄσκησις cínica, sobre el entrenamiento o, como dijo Montaigne, el ejercicio que debe practicar el filósofo. El autor no oculta las dificultades de dicha empresa, en particular debido a las discusiones, de las cuales informa el propio DL, relacionadas con la actividad literaria de Diógenes de Sinope (cf. Excursus II, pp. 85-90),  debido a que solo disponemos de testimonios relativamente tardíos, desde Cicerón hasta Juliano. El caso del cinismo es, por otro lado, tan particular que algunos han ido tan lejos como para desafiar, el derecho a considerarla una escuela filosófica, una άίρεσις. Rechazando la lógica, la física y la ética especulativa como inútiles, ¿no puede ser que quisieran que tomemos el camino corto y reduzcamos la filosofía a una moralidad de actos? En esta perspectiva, el ascetismo diogenético, tal como lo vemos en la tradición literaria, se basa en una distinción entre los inútiles πόνοι, los vanos esfuerzos que nos imponen las restricciones sociales, y los útiles πόνοι, que, liberándonos de estas mismas restricciones, nos permiten vivir de acuerdo a la naturaleza. Aún así, para seguir la naturaleza, es necesario, después de haberse colocado por encima de las posibilidades de la fortuna, elevarse, por un segundo ascetismo, por encima de los caprichos del destino (pp. 15-76).

Es verdaderamente una historia breve de la filosofía, desde Sócrates hasta los estoicos de la era imperial, que M.-O. Goulet-Cazé nos presenta (págs. 93-191). Pero esta historia, por supuesto, se expone desde el ángulo que nos interesa aquí, Υασκησις. En oposición a la formación puramente oratoria de los sofistas, el ascetismo filosófico se evoca en las diversas formas que adopta en Sócrates, o más bien en los diversos Sócrates: los de Platón, el de Jenofonte, el de Aristóteles. Antístenes, Diógenes, los viejos estoicos, Epicteto, Séneca, Musonio Rufo se esforzarán, cada uno a su manera, por "gestionar la herencia socrática". Habría mucho que decir sobre esto, pero no veo la hora de llegar a las páginas (págs. 195-220) - admito que las encontré demasiado cortas - donde se cumple la promesa. Del subtítulo de la obra y donde se nos entrega una traducción y un comentario sobre la doxografía que conserva Diogenes Laercio. Es, se nos dice con razón, un texto en mayúscula. También es, lamentablemente, un texto difícil.

El comentario destaca todas sus ἀπορία, revisa las soluciones que se han propuesto y a su vez da una interpretación del texto. La primera frase es al mismo tiempo esencial y oscura: (a) Διττήν δ' 'έλεγε, είναι την ασκησιν την μεν ψυχικήν την δε σωματικήν ' (b) ταυτην καθ' ην εν γυμνάσια συνέχει (por esta palabra, corrección del gran Reiske, aquí adoptada, correctamente titulado, por el autor que empujó el escrúpulo de verificar en este lugar el texto de París, gr. 1759 y pudo así corregir el aparato crítico de Long) γινόμενοι φαντασίαι εόλυσίαν προς τα της αρετής έργα παρέχονται. Trad M.O. Goulet-Cazé: (a) El ascetismo presenta dos formas, dijo Diógenes, una espiritual, la otra corporal, (b) este ascetismo (corporal) durante el cual las representaciones, nacidas en un ejercicio constante, permiten volver con facilidad a las obras de virtud. El autor considera que, gramaticalmente, ταυτην solo puede referirse a την σωματικήν. No estoy tan seguro: incluso me parece que, si ese fuera el caso, ταυτην sería perfectamente inútil. Höistad vinculó ταυτην con την ψυχικήν por razones "dogmáticas". ¿No podría Ταυτην hacerse cargo de (διττή) ασκησις? El uso de ô μεν ... ô δε ... después de una palabra en singular es a veces sorprendente, como en el Fedrón de Platón, 255c: ή πηγή ... ή μεν εις αυτόν ε'δυ, ή δε έξω άπορρέί. Y, en la siguiente oración (c), ¿no podemos imaginar que ευεξία και ισχύς se refiere al alma (Platón, Rep., IV, 444d ευεξία ψυχής) como al cuerpo, ως περί την ψυχήν και περ\ το σώμα?. Sin duda la oscuridad se debe a la forma en que Diogenes Laercio resume el texto de su fuente, y quizás sea culpable de alguna omisión ... El conocimiento de la moral diogeniana que esta investigación le permitió a M.-O. Goulet-Cazé proponer la atribución a Diógenes de Sinope de doce versos citados por Estobeo, sin solución de continuidad, siguiendo un fragmento que el lema da como Eurípides: esto plantea el difícil problema de las "tragedias" de Diógenes el Cínico. Podemos ver todo el interés de este estudio que, para subrayar la importancia y la duración de la corriente cínica -como el neoplatonismo, prolonga su existencia hasta el siglo VI de nuestra era- termina con un repertorio de los filósofos cínicos conocidos.  A juzgar por el primer volumen de esta obra, M.-O. Goulet-Cazé nos dará, en el Diccionario de Filósofos Antiguos, avisos detallados que nos permitirán conocer más información sobre cada uno de ellos.




Orner Ballériaux
Fuente: Marie-Odile Goulet-Cazé, L'ascèse cynique. Un commentaire de Diogène Laërce VI 70-71. Paris, Vrin, 1986. 1 vol. 13,5X21,5 cm, 292 pp. (Histoire des Doctrines de l'Antiquité classique. 10). Prix : 267 FF. ISBN 2-7116-0913-8. 
Traducción: Yerko Isasmendi

Séneca teólogo: la evolución de su pensamiento hasta «De superstitione»


La teología de Séneca, a veces descuidada, ocupa un lugar central en cierto número de investigaciones. Constituye una pieza maestra de la sabiduría del filósofo, según A. de Bovis[1].  El congreso de Córdoba, en 1965, puso el acento en esta dimensión de la obra, con cierta tendencia a llevar la teología de Séneca hacia el terreno de la trascendencia y del cristianismo[2]. ¿Cómo hacer un balance de la teología de un autor? Si la tripartición varroniana, en la que san Agustín inserta a Séneca[3], constituye un marco cómodo, acorde con la mentalidad antigua, convendría no descuidar, junto a la adivinación, fundamento de la teología civil, las creencias funerarias, en las cuales Tertuliano cree discernir la esencia del paganismo[4].

En Séneca, los problemas teológicos adquieren, con el envejecimiento, una importancia cada vez mayor. Desde el conformismo sociológico y el formalismo doctrinal, el pensador evolucionará hasta la inquietud metafísica: la urgencia de la salvación moral, que domina Las Cartas, traerá consigo la urgencia de conocer a la divinidad. Veremos a Séneca someter la religión pagana y sus herejías orientales a la crítica racional y, al mismo tiempo, interiorizar su conocimiento de Dios, pasando de una teología cósmica a una especie de misticismo racional.

La experiencia religiosa de Séneca refleja la diversidad de una existencia atormentada y la variedad de una época. Muy pronto, las Consolaciones muestran la reflexión del sabio sobre la desgracia y la muerte y, ya desde este primer período, Séneca adopta una actitud crítica frente al politeísmo antropomórfico. El encuentro con el universo trágico, en las piezas que verosímilmente se le atribuyen, avivó en él el sentido de la omnipotencia misteriosa de los dioses y del destino. Percibió las contradicciones de la época, que oscila entre el conformismo ritual y las búsquedas marginales: la resurrección de las religiones orientales después de la represión de Tiberio, simpatías de los emperadores y de su entorno por el culto de Mitra y por el judaísmo, superstición popular que favorece la taumaturgia y el ocultismo. Plinio el Viejo, al tratar de la magia, destaca en esta época su aspecto paracientífico y pararreligioso[5]. La teología civil, después del quinquennium Neronis, se orienta hacia la idolatría del príncipe. Séneca, que ironizó sobre la apoteosis de Claudio[6] en la Apocolocyntosis, se encuentra enfrentado a las desviaciones monárquicas del paganismo, al mismo tiempo que la justificación racional de las creencias recibidas plantea a la conciencia estoica, en el nivel de la interpretatio, difíciles problemas.

Ahora bien, es alrededor de los años 58-59 cuando la reflexión teológica[7] adquiere todo su relieve en el pensamiento de Séneca. En el De ira, entre 41 y 50, se había limitado a considerar la relación entre la venganza trascendente y la esencia de la divinidad; el De clementia, en 56, había justificado la monarquía absoluta por el poder cósmico del Dios-Razón. Antes de 58, fecha del De vita beata, Séneca prácticamente no se había interesado por los cultos orientales. Pero después de 58, el De beneficiis vuelve constantemente sobre el dogma de la bondad de Dios y polemiza contra la teología epicúrea. El De providentia, del año 63, examina el problema del Mal y de la injusticia desde una perspectiva escatológica. Ya se trate de la audacia crítica o de la búsqueda de certezas racionales, la verdadera teología del filósofo se desarrolla entre el De vita beata y las Cartas. Es dentro de esta secuencia cronológica donde se plantea el problema del De superstitione y de su datación: el diálogo perdido, conservado parcialmente por Agustín en La ciudad de Dios, marca una culminación de la reflexión religiosa[8].

Dado que la datación del De superstitione condiciona el estudio de la evolución religiosa de Séneca, importa aclarar la cuestión. Se conoce la hipótesis de R. Turcan[9], quien sitúa el diálogo en 40-41, durante los primeros años de Claudio: la obra, que revelaría «un ímpetu juvenil y paradójico», sería anterior al entusiasmo de Nerón por la Dea Syria. Al retomar la argumentación de R. Turcan, se podrá cuestionar que el ataque contra los judíos (sceleratissima gens) y la sátira del sábado estén dirigidos contra el «filojudaísmo de Claudio»: el problema judío se revela crucial desde Tiberio hasta la insurrección del año 66, si nos remitimos a Flavio Josefo[10]. Séneca no presenció la explosión del año 66, pero, en cambio, fue testigo de los conflictos de san Pablo con su hermano Galión, gobernador de Acaya, y en aquella época resulta difícil distinguir el judaísmo del cristianismo. El proceso romano de Pablo podría llevarnos a situar hacia el año 63 los ataques contra el judaísmo[11].

Es preferible extraer las conjeturas del sistema teológico de Séneca, lo que permitirá descubrir en el De superstitione las audacias definitivas de un pensamiento que durante mucho tiempo estuvo buscándose a sí mismo. El diálogo censura, en el mismo fragmento, tanto las violentas prácticas místicas de Oriente —«uno se mutila las partes viriles, otro se corta los brazos»—, la frenesí religiosa (furor), como los ritos capitolinos: «ya aquellos ritos que suelen celebrarse en el mismo Capitolio». Esta liturgia habitual (solere), cuya vitalidad atestiguan las Actas de los Arvales[12], no cede en nada ante el furor isiaco: la misma locura colectiva. La misma burla de lo sagrado, la misma fabulación irracional. El isiacismo tiene al menos como excusa que se desata una vez al año (tolerabile est semel in anno insanire: «es tolerable enloquecer una vez al año»). Ciertamente, el texto no dice nada sobre el desvío de la religión capitolina, a partir del año 60, en un sentido tiránico: Tácito, en los Anales, libros 14 y 15, relató todas las súplicas que acompañan los crímenes del tirano[13]. La alusión a los teterrimi tyranni no es suficientemente explícita. Pero, en el mismo párrafo, Séneca denuncia las técnicas de propiciación y expiación: se piensa en los terrores religiosos de Nerón, hacia el final de su principado[14].



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Jean-Mabie Andre
Sénèque théologien: l'évolution de sa pensée jusqu'au «De superstitione»
Université de Dijon
Traducido: Yerko Isasmendi



1)  A. de Bovis, La sagesse de Sénèque, Aubier, París, 1948, p. 151 y ss.
2) Actas del Congreso Internacional de Filosofía, Madrid, 1965-1966, I, pp. 29-54; A. Ortega, «La dimensión religiosa en el pensamiento de Séneca»; pp. 179-206, E. Elorduy, «Séneca y el cristianismo».
3) La ciudad de Dios 6, 6.
4) De spectaculis 12, 1 ss.
5) Naturalis Historia 30, 11.
6) Apocolocyntosis 9, 3.
7) Para la cronología, contra el hipercriticismo disolvente de Fr. Giancotti, el autor sigue los datos de E. Albertini, La composition dans les ouvrages philosophiques de Sénèque, París, 1923.
8) La ciudad de Dios 6, 10 = ed. Haase, t. IV, Fragmenta, p. 424 y ss.
9) R. Turcan, Sénèque et les religions orientales, Bruselas, 1967.
10) Flavio Josefo, Antigüedades judías 18, 4; Guerra judía 2, 17.
11) Sobre la fecha del proconsulado de Novato-Galión en Acaya, 51-52.
12) E. Mary Smallwood, Documents... of Nero, fr. 15 a 28, años 55 a 66 inclusive.
13) Tácito, Anales 14, 10, 4; 14, 12, 1; 14, 13, 3; 14, 56, 7; 15, 23; 15, 44, 2 ss.; 15, 74.
14) Suetonio, Nerón, 46.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Sócrates o la apología de un Daimôn


El extraño y misterioso fenómeno mencionado en la enigmática frase el "daimôn de Sócrates" se ha convertido durante mucho tiempo, y desde su propia vida, en el emblema de nuestro primer filósofo. Es tentador tratar de reducir esta manifestación imperiosa - que ordena la acción, a menudo previniéndola - a la emergencia pura y simple de la conciencia crítica individual. Esto es lo que se esforzará por plantear un pensamiento centrado exclusivamente en la conciencia y en una filosofía del Espíritu[1]. Sin embargo, no debemos perder de vista, nos parece, la dimensión religiosa propia de este "signo divino". Tal experiencia, vivida e insertada en un estado del mundo muy alejado del nuestro, debe examinarse en su complejidad antropológica y en su continuidad histórica. Va, de hecho, de la psicología a la acción y a la ética, desde lo axiológico como desde lo racional y lo relacional, y todas estas determinaciones revelan, en esta ocasión, un respaldo indudablemente más primordial, "personal impersonal", que probablemente primero desvíe y derive lo que establecemos demasiado rápido como un razonamiento correcto o un juicio justo. La obvia justicia de Sócrates, su claro racionalismo, la rectitud que funda y mantiene la vocación a la que dejará el nombre de filosofía, de hecho, toma un desvío inesperado de una empatía completamente divina, de una empatía casi mística, de un pathos probablemente infligido por el oblicuo dios de Delfos «que ni habla ni se esconde sino que hace señas» como decía Heráclito[2].

Por lo tanto, no nos sorprenderá que los dos tratados que nos han llegado bajo el título: El Demonio de Sócrates, el de Plutarco y el de Apuleyo, estén marcados por una referencia constante y cada vez más dominante al estatus positivamente religioso del fenómeno. Ciertamente, como Platón y Jenofonte, nuestros dos autores establecen el vínculo entre la acción del filósofo y el oráculo de Delfos, que lo corona y consagra, pero al enfatizar mucho más claramente que Sócrates, inserta así su actividad y su vocación en la devoción a un jerarquía trascendente que sabe comunicar lo que desea mediante signos íntimos de evidencia oscura. Volviéndose como el servidor de una trascendencia que lo abarca y lo supera, Sócrates, con una misteriosa y celosa devoción, parece prometer una armonía de mente y corazón con el mundo y la vida que, renunciando a la duda y a la negatividad del cuestionamiento perpetuo, se apoya en un conocimiento divino cuyo daimôn, actuando como mediador entre dioses y hombres, transmite directivas.

Estamos en el año 399 a. C., el año del juicio y la muerte de Sócrates cuando tenía setenta años. Nos quedan dos grandes testimonios de las últimas batallas del filósofo y sus últimos momentos, los de Platón y Jenofonte, que a menudo solemos oponerlos. Es en este contexto que se dibuja el escenario de la intervención daimónica(*),  con una claridad que prevalecerá para siempre, especialmente en la Apología de Sócrates según Platón: «como me has dicho repetidamente en muchos lugares, algo divino, daimónico [...] se manifiesta a mí. Los inicios se remontan a mi infancia. Es una voz que, cuando se escucha, siempre me distrae de lo que voy a hacer, pero que nunca me empuja a la acción. Esto es lo que me impide involucrarme en los asuntos de la ciudad»[3].

Platón presenta el aspecto inhibitorio de esta intervención que «desvía» y «que nunca empuja a la acción», mientras que Sócrates, según Jenofonte, solo dice «que escucho una voz divina que me dice lo que debo hacer»[4]. El énfasis en la pura negatividad del mandato divino, subraya su significado ambiguo y evoca una especie de adivinación predeterminada que puede parecer equívoca. El propio Sócrates no oculta el hecho de que las quejas que alimentaron la acusación hecha en su contra por Anytos, Meletos y Lycon se han iniciado debido a este fenómeno singular. Esta presencia divina no aparece estar realmente de acuerdo con las creencias de la ciudad, y se le acusa de introducir nuevos dioses; además, parece distanciarse de los asuntos públicos, cuya gestión estaba en el centro de los deberes propios de los ciudadanos atenienses, y sus acusadores son miembros reconocidos del partido democrático. Sin embargo, Sócrates explica de inmediato su retirada de los asuntos políticos, al dar dos ejemplos de su comportamiento en esta área, bajo la inspiración de su daimon. En el 406, tras la victoria de las Islas Arginusa, los estrategas victoriosos fueron, a su regreso a Atenas, acusados y condenados a muerte por no haber recogido a los que habían caído al mar, vivos o muertos. Sócrates, en ese preciso momento era parte de la tribu que ocupaba el Pritaneo, por lo que era parte del Consejo de los Quninientos, negándose a condenar a los seis estrategas en bloque. La ilegalidad del procedimiento provino del hecho de que los estrategas fueron condenados colectivamente por un solo voto, y no uno por uno. Sócrates, que basa su acción en la ley y la justicia, no se dejó impresionar por las amenazas de denuncia y toma de posesión en su contra por parte de los líderes políticos. En este caso, el mandato negativo del dios, tenía como objetivo hacer cumplir la ley de la ciudad al pie de la letra, independientemente de cualquier presión, como un entusiasmo popular, porque podemos sospechar que los votantes han sido impulsados por el deseo de venganza de todos aquellos que, en la batalla, habían perdido seres queridos debido a la negligencia de los estrategas; los vivos abandonados a las olas y al enemigo, los muertos privados de los ritos funerarios. Podemos notar de paso el "secularismo" de la reacción de Sócrates, ya que el imperativo divino se baso solo en la ley civil y no parece haber tenido en cuenta el sacrilegio perpetrado por los estrategas. El otro ejemplo se remonta al 403, a la siniestra época de la tiranía de los Treinta, consecuencia de la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso y del control espartano de la ciudad. Los oligarcas ordenaron a Sócrates y otros cuatro pritanos atenienses que fueran a Salamina para apoderarse de León, enemigo de los tiranos, y matarlo sin otra razón que su oposición a los Treinta. Sócrates se niega a cumplir la orden recibida y regresa a casa, dejando que sus colegas obedezcan. Como él señala, esta negativa le habría costado caro si los Treinta no hubieran caído unos meses después. Una vez más, es el sentido de la justicia y el respeto absoluto por la ley, lo que determina el comportamiento de Sócrates inspirado por el dios que lo incita a abstenerse.

Sócrates ha llegado a la conclusión de que no está hecho para negocios o más bien para las intrigas políticas que, en el orden del quehacer diario, solo pueden inducir compromiso. Evoca con ironía el desafortunado destino que habría podido caer sobre un político tan intransigente como él en materia de derecho y justicia, si el régimen fuera democrático u oligárquico. Y también es obvio que quien habla así, no distingue el respeto hacia la ley civil del respeto hacia la divinidad, la virtud del ciudadano (arétê) es la misma que la del hombre piadoso, pero la devoción así concebida, sin descuidar los ritos, no se obnubila ni en las formalidades, ni en las prohibiciones tradicionales, que son más supersticiosas que los portadores de valores verdaderos. La abstención pura de lo que no debería ser, recomendado por el daimôn, es adecuado para alguien que quisiera mantener la primacía de la razón, tanto como sea posible en todas las cosas, y que no se involucre ni en la especulación física ni en las hipótesis metafísicas: «Él», dice Jenofonte, «nunca habló excepto de cosas humanas»[5]. Apuleyo dijo amablemente que el Daimôn solo intervino «en los casos en que la sabiduría de Sócrates todavía mostraba sus límites y donde no necesitaba un consejo, sino un presagio para mantener el equilibrio gracias a la adivinación, cuando la vacilación lo hizo cojear»[6]. De hecho, la simple razón le indicaba, a un firme titular de la ley, lo que tenía que hacer en los dos casos citados anteriormente, pero, además del razonamiento, necesitaba algo de capacitación y fue el daimôn quien, aquí, le dio a Sócrates el giro necesario para la acción. Este "impulso" necesario es aún más evidente cuando se evoca la influencia del oráculo en la vida y la vocación del filósofo.

Es Sócrates, según Platón, quien relata más vívidamente las pintorescas circunstancias de esta consulta al Oráculo de Delfos: «En efecto, conocíais sin duda a Querefonte. Éste era amigo mío desde la juventud y adepto al partido democrático, fue al destierro y regresó con vosotros. Y ya sabéis cómo era Querefonte, qué vehemente para lo que emprendía. Pues bien, una vez fue a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al oráculo esto -pero como he dicho, no protestéis, atenienses-, preguntó si había alguien más sabio que yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio»[7].

Según Platón, la formulación negativa y elíptica del oráculo indujo en Sócrates una búsqueda, colocada también, bajo el signo de la negatividad: movido, sacudido, intrigado por esta sentencia, el que fue declarado "el más erudito" (o el más sabio) y que, sin embargo, se sentía realmente ignorante, quiso verificar mediante entrevistas en medio de la calle que ya le eran habituales, el significado de este juicio. El que no sabía nada y solo sabía que su ignorancia persistía en mostrarle a "coram populo" que todos los eruditos, reputados como tales o autoproclamados, sabían incluso menos que él, en su campo de especialidad y todo esto, para darle la razón al Dios.

A su vez, se especializó en este tipo de entrevistas sobre "cosas humanas", prácticas y valores de cuestionamiento, lógicas y principios, comportamientos y reputaciones. Hizo así muchos enemigos y algunos discípulos, más o menos fieles en espíritu a su dialéctica refutativa. Platón hace que el oráculo cuya fecha sigue siendo incierta, sea la columna vertebral de la apología que atribuye a Sócrates: la vocación del filósofo parece negativa en principio y a veces brutal en su realización, pero es para responder al mandato divino, oblicuo y equívoco, como corresponde al Apolo Pitio de Delfos, cuyo templo también lleva, en el frontón, el famoso «Conócete a ti mismo». La línea de defensa así subrayada, es inteligente porque Sócrates solo "se jacta" de cualidades negativas mientras supera su sumisión al mensaje divino. Aquí Dios se revela completamente como el maestro del daimôn personal y ambos operan negativamente. Sin embargo, ¿cómo continuar acusando a Sócrates de impiedad?.

Pero Platón es el único que presenta con tanta coherencia y lógica esta vía negativa. Jenofonte, de hecho, informa lo contrario, que la respuesta de Apolo dada por el oráculo  de Querefonte,  a través de la boca de la Pitia, habría sido: «que nadie era más desinteresado que [él], ni más justo, ni más sabio»[8]. Las cualidades son aquí insinuadas positivamente y por Dios mismo y, de hecho, la defensa practicada por Sócrates en la apología que Jenofonte le atribuye parece casi arrogante. Parece mirar a sus jueces desde lo alto, y se muestra inequívocamente como un personaje seguro de sí mismo. Jenofonte parece abrir a su manera una tradición donde no se permite la duda sobre la eminencia de Sócrates y donde su personalidad se coloca inmediatamente más cerca de un ideal positivo con respecto a su actitud y comportamiento: es un hombre ya divino que, según Jenofonte, se retira después de la sentencia de muerte: «Habiendo hablado así, Sócrates se retiró, y la serenidad de su mirada, su actitud y su andar estaban en perfecta armonía con las palabras que había dicho»[9].

La armonía perfecta y manifiesta entre el comportamiento y el ideal profesado, ahora caracterizará el carácter de Sócrates, en el que prácticamente solo podemos superar la alabanza positiva, olvidando demasiado rápido, probablemente, la ambigüedad propagada por el interrogador que no dejó a nadie en paz. El misterio vinculado a esta personalidad permanece completo, pero uno lo acomoda haciéndolo entrar en una jerarquía trascendente cuyas manifestaciones o emanaciones desea describir.

Estamos ahora, alrededor del año 90 DC, casi cinco siglos después de la condena y muerte de Sócrates. Plutarco escribió su demon de Sócrates a fines del siglo I d. C., pero sitúa la acción de su diálogo en Tebas en el 379 a. C., veinte años después de la muerte del histórico Sócrates. Caphisias, hermano de Epaminondas, escribe, a posteriori y en Atenas con Archedamos, la historia de la reciente liberación de Tebas que, gracias a una conspiración democrática, se deshizo de los tiranos impuestos por Esparta (como la ciudad de Atenas, veinte- cuatro años antes, se deshizo de los treinta).

Los principales conspiradores se reúnen en uno de los suyos y la conversación se desarrolla sobre varios temas, mientras que los otros conspiradores (demócratas que regresan del exilio) se reúnen en varios puntos de la ciudad, para atraer a los déspotas a una trampa. De hecho, las discusiones se refieren a todos los diversos puntos de la religión (mitos, oráculos, culto debido a tumbas venerables), incluida la famosa cuestión del "daimôn de Sócrates". Al hacerlo, no se trata solo de pasar el tiempo, sino de poner el respeto religioso abyme en el centro de la acción política en curso. Plutarco quiere vincular el aretê (virtud) necesario para los ciudadanos a favor de la libertad democrática y una justa apreciación de lo sagrado, que los hace al mismo tiempo hombres llenos de piedad. Así Simmias, discípulo de Sócrates que aparece en el Fedón de Platón, participando en la conspiración a pesar de la enfermedad que lo inmoviliza, desempeña aquí el papel del viejo sabio, sustituto y garante de su maestro. Epaminondas sostiene la del héroe al mismo tiempo sabio, piadoso y honesto. De hecho, al rechazar la riqueza, rechaza la fuerte compensación que querían pagarle para compensar los costos incurridos por la familia Epaminondas por el mantenimiento de la antigua Lisis. También se niega a participar personalmente en la masacre de tiranos (compatriotas vendidos al enemigo) que cayeron en la emboscada que les fue tendida, prefiriendo luchar con la cara descubierta contra los verdaderos enemigos de la ciudad, los espartanos. Simmias y Epaminondas juntos representan la valiosa posteridad de un Sócrates, que está moralmente comprometido y se detiene ante lo que no debe hacerse gracias a la orden inhibitoria de su daimôn.

Y es la naturaleza de este daimôn lo que viene al corazón del debate. ¿Es un signo visible o sensible, como el captado e interpretado por arúspices o adivinos? ¿Es realmente solo una susurro, por ejemplo, cuya aparición solo debe interpretarse? ¿O otro gesto, otra pista del mismo tipo? ¿O una voz que le habla a la persona en cuestión? ¿Quizás incluso una figura vista en un sueño o una visión que parece disuadir o alentar durante el día? Galaxidoros, un racionalista con una mente algo corta, solo quiere ver en estas declaraciones, pretextos destinados a impresionar, engañar, inventos de demagogos o charlatanes. Sin embargo, respeta las «cosas verdaderamente divinas» y acepta tomar a Sócrates como sincero. Ciertas manifestaciones instantáneas del daimôn con Sócrates que luego se congela, donde quiera que esté en este momento, en una especie de éxtasis, todavía lo obligan a preguntarse cómo se produce la comunicación entre el espíritu divino y el espíritu del hombre y con qué propósito. Estos eclipses de conciencia que lo desvían o lo hacen desviarse por un tiempo de la acción en progreso, a veces ayudan a salvarlo (con aquellos que lo alejan y lo desvían) de un peligro  o de situaciones vergonzosas (salpicaduras y ser pisoteado por una manada de cerdos) o de trágicas (una emboscada enemiga). Sócrates a veces incluso adquiere la función profética: se dice que «había predicho la destrucción de las fuerzas atenienses en Sicilia a algunos de sus amigos»[10]. Los conspiradores que dialogan coinciden bastante rápidamente en el hecho de que «el hombre que, sobre todo por su modestia y sencillez, humanizó la filosofía»[11] no pudo haberse equivocado acerca de la naturaleza de su verdadero interlocutor y confundir por un momento con los signos que solía comunicar. Evitamos progresivamente, susurros y todos los signos físicos, sueños y visiones, sonidos inteligibles e incluso voces audibles ... Simmias, que habla en último lugar como un digno sustituto del verdadero Sócrates a quien representa a su manera, emite el hipótesis que corona esta discusión: «[...] Se nos ocurrió la idea [...] de que el daimôn de Sócrates quizás no era una "visión", sino la percepción de una voz o la inteligencia de una palabra que le llegó de una manera extraordinaria: así que, mientras dormimos, ninguna voz real nos habla y, sin embargo, tenemos la impresión de percibir palabras cuyo significado es inteligible para nosotros, y nos imaginamos oyendo a las personas hablar [...] En Sócrates [...] el espíritu [...] tenía suficiente sensibilidad y delicadeza para reaccionar de inmediato al objeto que lo golpeaba. Y este objeto probablemente no era un lenguaje articulado, sino el pensamiento de un daimôn que, sin la voz, entró en contacto con la inteligencia del filósofo por el mero contenido de su mensaje»[12].

Una verdadera comunicación de conciencia es más sutil y más efectiva que el lenguaje articulado, entre la mente inspirada y la mente trascendente, y agrega Simmias: «En estas condiciones, no es difícil, en mi opinión, creer que un espíritu puede ser guiado por un espíritu superior, y un alma por un alma más divina que desde el exterior entra en contacto con él, en el cómo la razón entra en contacto con otra razón, como la luz con su reflejo»[13].

De paso, el autor que hizo hablar a Simmias una vez más enfatizó una cierta desconfianza del lenguaje, que debe ser constantemente revisado (esto es todo el trabajo de la dialéctica refutativa de Sócrates) y una obvia confianza en universalidad de la razón. que es adecuada para un intercambio inmediato sin residuo (un valor que Sócrates nunca dejó de destacar).

Sin embargo, y esto es más claro en Platón, donde el oráculo, como un signo divino o daimónico, permanece oblicuo, alusivo, totalmente dependiente de la interpretación, marcado por lo negativo o la abstención, la presencia externa de "un alma más divina"se indica claramente aquí y su manifestación sobresale, guía y protege. Así es como termina el discurso de Simmias, que también cierra la cuestión del "daimôn de Sócrates": la mayoría de los humanos son insensibles a la luz que proviene del dios o del daimôn y no saben cómo hacer que su alma o su conciencia sean un reflejo del resplandor divino: «La gente no ve que la razón de esta insensibilidad es la falta de un acuerdo armonioso y la confusión que reina en sí mismos, un defecto del cual nuestro amigo Sócrates estaba exento como lo predijo el oráculo a su padre, cuando Sócrates todavía era pequeño; este oráculo le había prescrito que dejara que el niño hiciera lo que le pasara por la cabeza, que no violentará sus impulsos ni que los reprimiera, sino que lo dejará libre, sin preocuparse de que Sócrates dirigiera una oración por Zeus Agoraios y las Musas, porque seguramente el niño tenía que comportarse en la vida como un guía mejor que mil maestros y mil pedagogos»[14].

Un hombre verdaderamente divino, Sócrates, según este oráculo que todavía parece ser parte de la pura leyenda hagiográfica, tiene tanto dentro como fuera de él, una guía ideal que lo dirige espontáneamente hacia lo mejor y lo justo, sin dejarlo en la duda, pero constantemente despertándolo a lo que es apropiado, según una ciencia infundida o innata. Parece que no queda casi nada del Sócrates "preocupado", que profesa ignorancia ilustrada para sí mismo y extiende la duda como un contagio destinado a despertar a aquellos que aún son insensibles a la luz negativa pero vivificante de la ironía.

Ahora estamos alrededor del año 150 de nuestra era, con un retórico de habla latina que opera principalmente en el norte de África: Apuleyo nos deja el texto elegantemente escrito de una conferencia que resulta ser para nosotros el único tratado sobre demonología que ha sobrevivido de la antigüedad. El Demón de Sócrates de Apuleyo (De deo Socratis) dedica muy poco tiempo a Sócrates, pero clasifica con cuidado y siguiendo las indicaciones dispersas a este efecto en las obras de Platón, seres superiores según su jerarquía natural. Los dioses están en lo más alto y son visibles (son todas las estrellas) o invisibles (los dioses del panteón), pero inmortales y siempre impasibles, inaccesibles e incomprensibles.

Los hombres están abajo, condenados a la muerte, pero provistos de razón y lenguaje, y su alma es inmortal. Entre los dioses y los hombres, como mediadores, están los daimôn, seres aéreos e inmortales como los dioses, pero cautivos a las mismas pasiones que los hombres, cuyas emociones comparten. Algunos de estos daimôn, alguna vez vivieron en un cuerpo humano y se llevan bien como almas sin cuerpo, lémures o fantasmas, seres perturbadores porque conocen muy bien las pasiones humanas y los lamentos del cuerpo que alguna vez los vistió. Otros «igual de numerosos, pero mucho más prestigiosos» siempre han estado «libres de todos los obstáculos y apegos corporales». Uno puede contar entre ellos el sueño y el amor. Entre ellos también se encuentran «los testigos y tutores atribuidos a cada ser humano a lo largo de su vida, que están siempre a su lado, sin ser vistos por nadie, como observadores vigilantes de sus actos más pequeños e incluso de sus meros pensamientos»[15]. Este demonio, aunque supuestamente externo a nuestra persona, puede asimilarse a una "conciencia", e incluso a "nuestra" conciencia, tanto «que interfiere dentro del alma y la examina desde todos los ángulos», «descubriendo sus intenciones más ocultas». Apuleyo establece así el vínculo con su tema central, que no aborda hasta el final de su decimosexto capítulo: «Estoy hablando de este daimôn, guardián privado, prefecto personal, guardaespaldas familiar, curador privado, garante íntimo, observador incansable, juez inseparable, testigo inevitable, reprochador cuando actuamos mal, aprobador cuando actuamos bien, si le otorgamos la atención que requiere, si buscamos sinceramente conocerlo y si lo honramos piadosamente como Sócrates lo honró con un espíritu de justicia e inocencia, nos ofrece su previsión en situaciones inciertas, su consejo en situaciones difíciles, su protección en peligro, su ayuda en apuros y él puede, por los sueños, por signos o incluso por su presencia cuando surge la necesidad, desviar el mal, hacer triunfar el bien, elevar lo que está en el suelo, apoyando lo que es inestable, iluminando lo que es oscuro, dirigiendo la buena fortuna, corrigiendo lo malo»[16].

Este texto amplio y sin aliento, digno de un retórico de alto perfil, no nos encierra menos en un inquisitivo e inquietante tête-à-tête donde, como escribe Pascal Quignard, «otro hombre en nosotros [o un dios, se convierte para nosotros] en un poder "personal impersonal» un privado desconocido. Entonces, «Todo lo que decimos, ya sea que sepamos decirlo o pensemos que lo estamos diciendo, está al servicio de lo desconocido que nos guía. Es este extraño quien está en nosotros más que nosotros, a quien Sócrates comenzó a llamar daimôn»[17].

Solo señalaríamos que el Sócrates de Apuleyo, ya no le da el mismo significado que Platón o incluso Jenofonte a este «extraño que está en nosotros más de lo que nosotros», que evocamos bajo el nombre de daimôn. ¿Quién no ve aquí la figura cristiana del ángel guardián que tiene que obligar, juzgar, aprobar y desaprobar, sentirse culpable y castigar la misma cualidad de "poder personal" impersonal, interior y terrible exterioridad?. ¿Y, mucho más distante pero derivada de la misma tensión, la figura del inconsciente encarnada en fantasías, en premoniciones obsesivas, en admoniciones impresionantes o incluso en alucinaciones? Para este daimôn, guía y guardián, Apuleyo quiere devolverle su voz que Plutarco había transformado en una ilusión mental al igual que su apariencia visible, la capacidad de aparecer visualmente en persona como Minerva se le aparece a Aquiles.

Y, nos parece, como Jean Beaujeu escribe: «[…] Es una cuestión [para Apuleyo] de mostrar en el daimôn de Sócrates un ser real, externo y superior al hombre, para hacer posible la acción de la divinidad trascendente en la tierra y justificar la religión. Porque [para él] la religión cuenta más que la reflexión filosófica [...]»[18].

Por lo tanto, tenemos muchos problemas para reconocer bajo esta figura religiosa y casi supersticiosa el demôn de Sócrates, según Platón, quien también fue, antes que nada, un demôn filosófico, especialmente debido al vínculo eminente y notorio que mantuvo con la negatividad. y el cuestionamiento que induce. Apuleyo parece traer de vuelta a Platón y a su maestro, a la ley religiosa común, aunque les otorga una sabiduría particularmente alta y pura. También parece imbuirse en una atmósfera de un tiempo que prepara imperceptiblemente la transición del Imperio Romano al cristianismo.

Sin embargo, él mismo nos ofrece un comienzo completamente diferente sobre el que no hace nada: en el momento en que evoca a los «daimôns eminentes» que están «siempre libres de todos los obstáculos y ataduras corporales», nombra «sueño y al amor». es decir, Hypnos y Eros. Tienen, dice «poderes opuestos: el amor, el de mantenerse despierto, el sueño, el de quedarse dormido», y así designa, sin darse cuenta aparentemente, una de las cualidades o incluso una de las funciones atribuidas a Sócrates. Él también tiene el "poder" para "mantenerse despierto" y el demonio de Sócrates podría, según la admisión del filósofo, llamarse Eros. En un próximo ensayo,  me centraré de qué trata el eros socrático.


Serge Meitinger
Socrate ou l´apologie du Daimôn
Fuente:Pierre.Campion




1) Por ejemplo, en Hegel: «La siguiente etapa de la evolución es que lo universal se entiende como aprehensión, determinación, se considera universalmente activo". Esto ya es más concreto, pero sin embargo abstracto. Es la historia de Anaxágoras, mejor aún de Sócrates; aquí comienza una totalidad subjetiva, el pensamiento se apodera de sí mismo», Leçons sur l'histoire de la philosophie, volumen 2, traducción de J. Gibelin, Gallimard, París, colección" Idées ", 1970, p. 30.
2) Fragmento XCIII: "El príncipe cuyo oráculo está en Delfos / no habla, no se esconde, sino que significa", traducción de Jean-Paul Dumont, Les Présocratiques, Gallimard, París, colección "La Pléiade", 1988, p. 167.
3) La edición seguida es: Platon : Apologie de Socrate, suivi de Criton, traducción de Luc Brisson, GF Flammarion, París, 1997, p. 111.
4) La edición seguida es:  Xénophon : Banquet suivi de Apologie de Socrate, traducción de François Ollier, Les Belles Lettres, París, Colección de universidades de Francia, 1961; aquí, Apologie, capítulo 12, p. 104-105.
5) Xénophon: Mémorables, Libro I, capítulo 1, 16, traducción de P. Chambry, GF Flammarion, París, 1967, p. 288.
6) Apulée : Le Démon de Socrate,capítulo 17, traducción de Colette Lazam, prefacio de Pascal Quignard «Petit traité sur les anges», Rivages poche / Petite Bibliothèque, Paris, 1993, p. 67.
7)  Platon : op. cit.., p. 91.
8) Xénophon : Apologie de Socrate, capitulo 14, éd. cit., p. 105.
9) Xénophon : op. cit., capitulo 27, p. 109.
10) Plutarque : Le Démon de Socrate, in Œuvres morales, volumen VIII, Tratados 42-45, traducción de J. Hani, Les Belles Lettres, París, Colección de universidades de Francia, 1980; aquí, capítulo 11, p. 87.
11) Plutarque : op. cit., capitulo 12, p. 88-89.
12) Op. cit., capitulo 20, p. 103-104.
13) Op. cit., capitulo 20, p. 105.
14)  Op. cit., capitulo 20, p. 106-107.
15) Apulée : Le Démon de Socrate, éd. cit., capitulo 16, p. 65.
16) Op. cit., capitulo 16, p. 66.


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Serge Meitinger es profesor de lengua y literatura francesas en la Université de la Réunion y pertenece al equipo de Oracle de esta universidad. Ha publicado numerosos artículos, especialmente sobre poesía de Baudelaire, y un ensayo: Stéphane Mallarmé ou la quête du «rythme essentiel , 1995. Escribe y publica poesía.

El presente escrito fue presentado en el Día de la Antigüedad de la Université de la Réunion, el 25 de abril de 2007. Este texto constituye el segundo de una serie de dos textos dedicados al tema del daimôn de Sócrates. El primer texto se puso en línea el 19 de mayo de 2005. Segundo texto publicado el 8 de mayo de 2007.

Séneca y las religiones mistéricas

Entre todas las obras perdidas de Lucio Anneo Séneca[1], hay una en particular De superstitione, que me resulta muy atractiva, ya que según San Agustín[2], en ella critica la teología política, lo que hoy llamaríamos teocracia. Pero lo interesante es su crítica a los cultos mistéricos extranjeros, tanto a los judíos como a los de las diosas Cibeles e Isis, divinidades que no pertenecían a la tradición romana. Alberto Monterroso en su libro “Séneca: La sabiduría del Imperio” al respecto señala que dichas «creencias místicas van en contra de la ideología política que siempre defendió Séneca, basada en el racionalismo estoico. Por eso el filósofo reprueba estas teologías que van adquiriendo cada vez más fuerza en la sociedad romana»[3].

Lo que se desprende de la descripción dada por San Agustín, es que Séneca desaprueba las ceremonias y los cultos a dichas divinidades, considerándolos más bien como “vicios disfrazados de religión” debido a prácticas de mortificación y autolesión que solían ser llevada a cabo tanto por el sacerdocio como por los iniciados.

Es fácil intuir que para Séneca dichas prácticas religiones mistéricas eran algo más bien grotesco y muy alejado de los ritos religiosos tradicionales de Roma. En su texto De vita beata (Sobre la felicidad) podemos constatar la mala opinión que tenía al respecto: «Cuando uno, agitando el sistro, miente por mandato, cuando uno, diestro en sajarse las carnes, ensangrienta sus brazos y hombros teniendo en alto las manos, cuando una da alaridos mientras se arrastra de rodillas por la calle, y un viejo vestido de lino, que lleva un laurel y un candil en pleno día, grita que alguno de los dioses está airado, acudís y escucháis y afirmáis, alimentándoos vuestro asombro unos a otros, que es un iluminado»[4]. 

Para Alberto Monterroso esta crítica a dichas formas religiosas surgen como una denuncia de la irracionalidad y el uso político de la religión. «El filósofo conoce muy bien estas religiones desde su época en Egipto, treinta años atrás. Ahora escribe sobre ellas porque se están convirtiendo en un desafío para sus planes de buen gobierno. Amenazan con desplazar de la política de Roma la idea de Providencia, de ese Dios estoico que se relaciona con la naturaleza y es reflejo de la armonía del universo. Estas religiones mistéricas no fomentaban la racionalidad sino la autocracia y el poder absoluto, por eso Séneca no quiere que entren en palacio ni penetren en la médula del tejido social romano»[5]. 

Por otra parte, Robert Turcan, en su ensayo Sénèque et les religions orientales nos sugiere que a pesar de la crítica violenta del ritual isíaco, en las palabras de Séneca se puede percibir permite una sensibilidad “audiovisual”, incluso emocional, hacia el ceremonial egipcio. Según Turcan, la actitud de Séneca hacia los cultos orientales resulta en última instancia mucho más compleja de lo que comúnmente se piensa: «Ciertamente, como estoico, su religión personal es filosófica; su ideal es la serenidad de los sabios, el dominio de la afectividad por la razón; para él el único culto verdadero es la práctica de la virtud. Es muy lógico que su actitud hacia las religiones positivas sea fundamentalmente crítica, ya se trate del ritualismo romano tradicional o, más aún, de las religiones orientales imbuidas de furor y exaltación religiosa»[6].

Podemos constatar que para Turcan, Séneca «no cuestiona la naturaleza específica del hecho religioso», sino más bien, critica los ritos «con una mezcla de sentido común utilitario y racionalismo moralizante».  

Siguiendo el hilo argumental de Turcan, Séneca carece de una visión simbólica, y por ende, es incapaz de comprender la naturaleza profunda del rito. Hervé Rousseau en su reseña a la obra de Turcan, postula que esta incomprensión surge de la concepción que tiene Séneca de una divinidad impasible, por lo que un dios no puede ni sufrir ni morir; por lo que es aberrante para su pensamiento lamentar la muerte de un ser divino, como Atis u Osiris[7]. Para Turcan, Séneca es incapaz de penetrar en el simbolismo del ritual, de conectar con  psicología religiosa de los fieles, negándose a comprender el valor penitencial de las mortificaciones. 

En lo personal, pienso que la crítica de Turcan carece de fundamento, siendo más bien una conjetura sin base alguna. La oposición a formas extremas de culto, como las flagelaciones, amputaciones o las autolesiones en estado de supuesto éxtasis, responden más bien a diferentes sensibilidades y formas de entender lo religioso.


Yerko Isasmendi


1) Brill's Companion to Seneca , p. 207
2) San Agustín, Ciudad de Dios VI.10.
3) Alberto Monterroso , Séneca: La sabiduría del Imperio, p.327
4) Séneca,  Sobre la felicidad 26.8.
5) Alberto Monterroso , Séneca: La sabiduría del Imperio, p 328
6) Robert Turcan, Sénèque et les religions orientales. Bruxelles, Latomus, 1967. 1 vol. P. 70 
7) Gracias a san Agustín sabemos que en De superstitione ironiza sobre los misterios de Osiris, «mientras que su pérdida y su redescubrimiento son puras ficciones: estas personas que no han perdido ni encontrado nada expresan su dolor y su alegría con un aire de verdad».