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miércoles, 29 de abril de 2020

El filósofo estoico y el miedo a la tempestad en el mar



Navegábamos desde Cassiopa[1] a Brindisi por el mar Jónico, que estaba furioso, inmenso y agitado. Durante casi toda la noche que siguió al primer día el viento, que soplaba de costado, había llenado de olas la nave. Luego, mientras todos nuestros compañeros se lamentaban y permanecían en la sentina, brilló por fin el nuevo día. Sin embargo, no remitió el peligro ni la violencia del viento; al contrario, los torbellinos más frecuentes, un cielo negro y masas humeantes de nubarrones y algunas figuras temibles de nubes, que llaman tifones, parecían amenazar con hundir la nave.

Estaba en el barco un célebre filósofo de la escuela estoica, a quien yo había conocido en Atenas, hombre de gran prestigio y que sabía atraerse muy bien la atención de sus jóvenes discípulos. En medio de aquellos peligros tan grandes y de aquella agitación del cielo y del mar mis ojos lo buscaban deseando saber cuál era su estado de ánimo y si se mostraba intrépido y valiente[2]. Y allí contemplamos a aquel hombre asustado y muy pálido, pero sin emitir lamento alguno, como hacían todos los demás, ni proferir voz alguna de ese tipo, aunque el color de su rostro reflejaba la misma turbación que la de los otros. Pero cuando el cielo se despejó y se calmó el mar y se extinguió el peligro de aquella furia, se acercó al estoico un griego rico procedente de Asia y, según parecía, muy refinado y rodeado de lujo y de criados, que disfrutaba de muchos y exquisitos cuidados y atenciones corporales y anímicas. Este, como bromeando, le dijo: «¿Qué pasó, señor filósofo, que cuando estábamos en medio del peligro tuviste miedo y te pusiste pálido? Yo no me atemoricé ni palidecí». El filósofo, tras dudar un instante si convenía contestarle o no, replicó: «No te considero digno de escuchar el motivo de por qué en medio de una tormenta tan impetuosa yo me mostraba algo asustado. Sin embargo, sin duda alguna aquel célebre Aristipo[3], discípulo "de Sócrates" te respondería por mí, cuando en una circunstancia similar, al preguntarle un hombre muy parecido a ti por qué tenía miedo un filósofo cuando él no sentía miedo alguno, le respondió que sus circunstancias y las del otro hombre no eran las mismas, porque aquél individuo no estaba demasiado preocupado por la vida de un bribón inútil, mientras que él temía por la vida de Aristipo».

Con estas palabras el estoico se libró en aquella ocasión de aquel rico asiático. Pero más tarde, como al acercamos a Brindisi hubiera una gran bonanza del mar y del viento, le pregunté cuál era la razón de aquel miedo suyo que no había querido decir a aquel individuo por quien había sido interpelado indignamente. Y él, con afabilidad y dulzura, me respondió: «Ya que te muestras ávido de oír, escucha lo que opinaron nuestros antepasados, los fundadores de la escuela estoica, sobre este miedo pasajero natural e inevitable; o, más bien, léelo, pues leyendo creerás más fácilmente y lo recordarás mejor». Y allí mismo sacó de su hatillo el libro V de Las discertaciones, del filósofo Epicteto, de las que no hay duda que, tras haber sido corregidas por Arriano, concuerdan con los escritos de Zenón y de Crisipo[4].

En aquel libro, escrito en griego, leímos algo de este tenor[5]: «Las imágenes del espíritu que los filósofos llaman apariencias y que empujan inmediatamente la mente del hombre movida por la primera imagen de algo que afecta al espíritu, no son voluntarias ni deseadas, sino que en virtud de una fuerza propia se presentan a los hombres para ser reconocidas; en cambio, las adhesiones de la mente, a las que llaman asentimientos (συγκαταθέσεις), con los que son reconocidas esas imágenes, son voluntarias y son el resultado del arbitrio humano. Por eso, cuando se produce un sonido temible procedente del cielo o de una caída o un aviso súbito de cualquier tipo de peligro o algún otro fenómeno similar, es inevitable que incluso el sabio se vea perturbado y encogido y que palidezca, no por el desconocimiento previo de algún daño, sino por culpa de ciertas reacciones, espontáneas e inconscientes, que trastornan la función de la mente y de la razón. Empero, el sabio desaprueba de inmediato tales apariencias (τάς- τοιαύτας φαντασίας), o sea, esas imágenes que suscitan temor a su espíritu, es decir, no las consiente ni las acepta (ού συγκατατίθεται ούδέ ττροσετηδοξάζει), sino que las rechaza y desdeña y no ve en ellas nada por lo que deba asustarse. Y dicen que el ignorante y el sabio se diferencian en que el ignorante piensa que las cosas crueles y duras son reales tal cual se presentan a su ánimo al primer impulso y les otorga su aprobación y asentimiento tal como aparecen al principio y como si realmente fueran temibles -προσεττιδυ- ξάζει es la palabra que emplean los estoicos cuando disertan sobre este tema-; el sabio, en cambio, tras sufrir una breve y rápida alteración de su color y de su rostro, no las aprueba (ού συγκατατίθβτσι.), sino que mantiene la firmeza y vigor de la opinión que siempre tuvo de tales imágenes como mínimamente temibles, pero que asustan por su aspecto falso y su terror inocuo».

Esto es lo que el filósofo Epicteto pensó y dijo de acuerdo con la doctrina de los estoicos, según leímos en el citado libro, y por eso consideramos que debíamos anotarlas, para que no pensemos que el asustarse involuntariamente y palidecer a causa de fenómenos semejantes a los que he dicho, surgidos de repente, es propio del hombre sabio, sino que esa breve conmoción es más bien una debilidad natural, que no implica pensar que tales fenómenos son como aparecen.


Noches Áticas
Aulo Gelio
Tomo II, Libro XIX. pág, 235




1] Cassiopa o Cassiope (así Cicerón, Epist. Fam. 16,9,1) era una localidad de la isla de Corcyra (hoy Corfú), frente a las costas del Epiro.
2] Cf. Karlhans Abel, “Das Propatheia-Theoriem. Ein Bcitrag zur stoischen Affcktenlehre”, Hermes 111,1983, 78-97. Una exposición sobre el mismo tema en NA 12,5.
3] Aristipo de Cirene, oyente mucho tiempo de las enseñanzas de Sócrates, fundó la denominada ‘escuela cirenaica’, que acabó por recibir también influencias de Protesilao. Entre finales del siglo III y principios del II a.C. a ella pertenecieron Teodoro ‘el ateo’, Egesias (calificado de ‘el persuasor de la muerte’ debido a su pesimismo) y Anicérídes.
4] La doctrina de Epicteto fue recopilada por su discípulo Arriano de Nicomedia, como explicamos en nota a 1,2,6. Para Epicteto, Cenón y Crisipo, cf. notas a 1,2,6-10.
5] Para mejor comprensión de! tema que sigue, cf. NA 11,5,6 y sus notas pertinentes

miércoles, 4 de marzo de 2020

Epicteto y el falso filósofo estoico


Palabras del estoico Epicteto, oportunamente recogidas por el excónsul Herodes Atico, contra un joven fanfarrón y presuntuoso, falso seguidor de la filosofía, con las que de manera elegante marcó la diferencia entre el estoico verdadero y la turba de charlatanes hipócritas que se hacen pasar por estoicos.

Mientras residimos en Atenas para recibir las enseñanzas de nuestros maestros, Herodes Ático[1], gran orador en lengua griega y hombre que había ostentado el cargo de cónsul, solía llevamos a menudo a las villas próximas a esta ciudad a mí, al eminente Serviliano[2] y a otros compatriotas que desde Roma se habían trasladado a Grecia en busca de una formación intelectual. Morando con él en una villa llamada Cefisia[3], en unas fechas en que todavía apretaba el bochorno propio del sol otoñal, tratábamos de librarnos de los rigores del calor buscando la sombra de los inmensos bosques, las largas y apacibles alamedas, la fresca orientación de los edificios, las piscinas elegantes, abundantes y limpias, y la belleza de la villa entera, donde resonaban por doquier el murmullo del agua y los cantos de los pájaros.

Estaba allí con nosotros un muchacho, seguidor de la filosofía de la escuela estoica, según él mismo confesaba, pero demasiado hablador y dispuesto. En las charlas de sobremesa, habituales en los banquetes, hablaba sin cesar, tan inoportuna como irreflexivamente, sobre las teorías filosóficas, y únicamente anteponía a sí mismo las grandes figuras de la lengua ática, afirmando que todo el pueblo togado y todo lo calificado de latino eran algo rudo y zafio[4]. Y entre tanto hacía resonar su voz con palabras casi desconocidas, con silogismos y con otras artimañas capciosas propias de la dialéctica, afirmando que nadie, salvo él, podía resolver el "sofisma del triunfador"[5], el "razonamiento de reposo"[6], la sorites[7] y otros enigmas similares. Por otro lado, aseguraba que nadie como él había meditado, estudiado y conocido las cuestiones éticas, la naturaleza del ser humano, el origen de sus virtudes, así como sus deberes y limitaciones, o bien la perfidia de las pasiones y de los vicios, las faltas morales y la depravación. Opinaba que ni los tormentos ni los sufrimientos corporales ni los peligros que amenazan con la muerte podían dañar o menoscabar el estado de felicidad y bienestar que él creía haber alcanzado y que jamás enfermedad alguna podía turbar la expresión serena y tranquila de un estoico.

Estaba éste aireando tales vanas fanfarronadas y ya todos deseaban que se callara, agobiados y aburridos de su palabrería, cuando Herodes Atico se dirigió a él en griego, como suele hacer muy a menudo, y le dijo: «¡Oh tú, el mayor de los sabios! Permite que, puesto que nosotros, a quienes calificas de ignorantes, somos incapaces de responder a tus palabras, te leamos lo que Epicteto, el mayor de los estoicos, pensó y escribió a propósito de esta grandilocuencia vuestra». Y mandó que le fuera traído el libro I de los discursos de Epicteto según la recopilación de Amano[8], en el que aquel anciano venerable propinó una justa reprimenda a los jóvenes que, en lugar de hablar de la honradez y de la vida honesta, hablaban sin ton ni son de cuestiones banales y debatían sobre problemas infantiles.

Una vez traído el libro fue leído el párrafo que transcribo a continuación[9]. Con tales palabras severas, pero no carentes de gracia, Epicteto estableció la diferencia entre el estoico auténtico y sincero -sin duda alguna, desembarazado de sujeciones, liberado de necesidades, libre, rico, feliz[10]-, y la turba de hipócritas que se hacían pasar por estoicos y que, al arrojar una negra nube de hollín a los ojos de los oyentes, ofrecían una imagen deformada de tan noble escuela:

- «Háblame del bien y del mal

Escucha: "Un viento me ha impulsado desde Troya hasta el país de los cícones"[11]. De las cosas que existen, unas son buenas, otras malas, otras indiferentes. Buenas son las virtudes y cuanto de ellas emana; malos son los vicios y lo que del vicio deriva; indiferente es lo que se sitúa a medio camino entre ambas cosas: la riqueza, la salud, la vida, la muerte, el placer, la tristeza.

- ¿De dónde has aprendido esto?

- Lo dice Helánico[12]1en sus Egipciacas. Pero, ¿qué diferencia hay entre eso y lo que dijeron Diógenes[13en su Ética, Crisipo[14] o Cleantes[15]?

- O sea, que has analizado sus opiniones y te has formado la tuya propia. Muéstranos cómo te enfrentas a una tempestad cuando vas en un barco. ¿Te acuerdas de distinción semejante cuando la vela rechina y tú te pones a gritar? Y, si un gracioso se te acerca y te espeta: "Dime, ¡por los dioses! ¿no afirmabas ayer que el naufragio no era un mal, ni participaba del mal?", acaso no la emprenderías a palos con él? ¿Qué tenemos que ver contigo? Estamos a punto de morir, ¿y tú vienes con bromitas?. Y si el César te hace comparecer ante él como acusado <***>».

Al oír esto, aquel muchacho tan insolente se calló, como si tales palabras no las hubiera dicho Epicteto para otros, sino que fuera Herodes quien se las decía a él mismo.


Noches Áticas
Aulo Gelio
Tomo I, Libro I, pág, 83




1] Herodes Ático (nacido en Maratón el 101 a.C) fue un destacado personaje de la Segunda Sofística, discípulo de Polemón y Escopeiiano, y mentor de los futuros emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero. Ocupó destacados puestos político-administrativos en Grecia y alcanzó el consulado en Roma el 143.
2] Personaje desconocido para nosotros.
3] Cefisia: lugar cercano a Atenas, descrito por Gelio en i 8,10,1 como abundante en agua y bosques, por lo que el clima era fresco durante el verano. Allí poseía Herodes Atico una casa de campo.
4] La toga era vestimenta nacional romana. Manifiesto desprecio del joven hacia Roma.
5] Κυιαεύωμ, literalmente, ‘el dominante’. Argumento sofista del tipo ‘Aqniles y la tortuga’. Cf. Plutarco, Morales 615 A y 1070 C; Arriano, Manual de Epicteto 2,18,17 y Diógencs Laercio 2,108.
6] Ήσυχάζον λόγος, uno de los múltiples tipos de sofisma. Arriano, Manual de Epicteto 2,18,18; Diógenes Laercio 7,197-198 y Cicerón, Acad. 2,29. 
7] Σωρίτης συλλογισμός, literalmente, ‘silogismo de montón’ o ‘de acumulación’. Cicerón, Acad. 2,16: “Lo primero que debe reprochársele a nuestros contrarios es la utilización de las más capciosas preguntas. Semejante modo de razonar goza de poco aprecio en filosofía: consiste en añadir o quitar algo, por fases, gradualmente. Ellos llaman sorites a esta deplorable y ladina manera de argumentar, porque forma un montón grano a grano”. Cf. Sexto Empírico, Contra los matemáticos 9,182. En Galieno, 8,25, se interpreta como ‘polisiíogismo’, entendido como acumulación de premisas.
8] Epicteto nació en Hierápolis de Frigia ca.55 p.C. Fue esclavo de Epafrodito (secretario de Nerón). Tras alcanzar la libertad, impartió enseñanzas en Roma hasta el edicto de Domiciano (entre el 89 y 92), que expulsó de Italia a todos los filósofos. Se estableció en Nicopolis (Epiro), donde creó escuela. Murió hacia el 135. Su doctrina fue recopilada por su discípulo Amano de Nicomedia (Bitinia), quien, entre los muchos cargos que desempeñó, fue cónsul y legado imperial en Capadocia el 132. Amano compuso las Disertaciones de Epicteto y el Manual, compendio de las enseñanzas de su maestro.
9] El pasaje en cuestión no pertenece al libro I, como dice Gelio, sino al II. Se trata de Arriano, Manual de Epicteto 2,19,20.
10] Gelio ha empleado aquí una serie de términos griegos: ακώλυτος, άνάγκαστος, άτταραττόδΐ-στος, ελεύθερος, εύπορων, εύδω μοκον.
11] Homero, Od. 9,39.
12] Helánico de Mitilene (V a.C.), autor de 23 obras de contenido preferentemente etnológico y geográfico, en las que ocupa un destacado papel el mito, considerado elemento histórico. Aparte de sus Egipciacas, compuso también Cipriacas, Lidiacas, Pérsicas y Escíticas. De las regiones griegas sobre las que escribió destacan Ática, Eolia, Lesbos, Argolide, Beocia y Tesalia. No se trata, pues, de un filósofo, de modo que Epicteto, sin duda, lo trae a colación con cierta sorna.
13] Diógenes de Scleucia, filósofo estoico que recaló en Roma el 156 a.C., en la embajada ateniense de la que también formaban parte el peripatético Critolao y el estoico Caméades de Cirene
14] Crisipo, convertido al estoicismo por Cleantes, director de la Academia, le sucedió en la dirección de la escuela el 233 a.C., y llevó las riendas de la misma hasta su muerte, el 207 a.C. Se decía: “Si no existiese Crisipo, no existiría la Stoa”. Cf. Diógenes Laercio, 7,179-183.
15] Cleantes de Asso (Tróade) fue discípulo de Zenón en Atenas y sucesor suyo en la dirección de la escuela estoica, desde el 262 a.C. hasta su muerte, el 233 a.C. Autor fecundo, se mencionan de él unos 60 títulos, pero sólo se conservan unos 150 fragmentos. Véase un relato de su vida en Diógenes Laercio, 7.