La teología de Séneca, a veces descuidada, ocupa un lugar central en cierto número de investigaciones. Constituye una pieza maestra de la sabiduría del filósofo, según A. de Bovis[1]. El congreso de Córdoba, en 1965, puso el acento en esta dimensión de la obra, con cierta tendencia a llevar la teología de Séneca hacia el terreno de la trascendencia y del cristianismo[2]. ¿Cómo hacer un balance de la teología de un autor? Si la tripartición varroniana, en la que san Agustín inserta a Séneca[3], constituye un marco cómodo, acorde con la mentalidad antigua, convendría no descuidar, junto a la adivinación, fundamento de la teología civil, las creencias funerarias, en las cuales Tertuliano cree discernir la esencia del paganismo[4].
En Séneca, los problemas teológicos adquieren, con el envejecimiento, una importancia cada vez mayor. Desde el conformismo sociológico y el formalismo doctrinal, el pensador evolucionará hasta la inquietud metafísica: la urgencia de la salvación moral, que domina Las Cartas, traerá consigo la urgencia de conocer a la divinidad. Veremos a Séneca someter la religión pagana y sus herejías orientales a la crítica racional y, al mismo tiempo, interiorizar su conocimiento de Dios, pasando de una teología cósmica a una especie de misticismo racional.
La experiencia religiosa de Séneca refleja la diversidad de una existencia atormentada y la variedad de una época. Muy pronto, las Consolaciones muestran la reflexión del sabio sobre la desgracia y la muerte y, ya desde este primer período, Séneca adopta una actitud crítica frente al politeísmo antropomórfico. El encuentro con el universo trágico, en las piezas que verosímilmente se le atribuyen, avivó en él el sentido de la omnipotencia misteriosa de los dioses y del destino. Percibió las contradicciones de la época, que oscila entre el conformismo ritual y las búsquedas marginales: la resurrección de las religiones orientales después de la represión de Tiberio, simpatías de los emperadores y de su entorno por el culto de Mitra y por el judaísmo, superstición popular que favorece la taumaturgia y el ocultismo. Plinio el Viejo, al tratar de la magia, destaca en esta época su aspecto paracientífico y pararreligioso[5]. La teología civil, después del quinquennium Neronis, se orienta hacia la idolatría del príncipe. Séneca, que ironizó sobre la apoteosis de Claudio[6] en la Apocolocyntosis, se encuentra enfrentado a las desviaciones monárquicas del paganismo, al mismo tiempo que la justificación racional de las creencias recibidas plantea a la conciencia estoica, en el nivel de la interpretatio, difíciles problemas.
Ahora bien, es alrededor de los años 58-59 cuando la reflexión teológica[7] adquiere todo su relieve en el pensamiento de Séneca. En el De ira, entre 41 y 50, se había limitado a considerar la relación entre la venganza trascendente y la esencia de la divinidad; el De clementia, en 56, había justificado la monarquía absoluta por el poder cósmico del Dios-Razón. Antes de 58, fecha del De vita beata, Séneca prácticamente no se había interesado por los cultos orientales. Pero después de 58, el De beneficiis vuelve constantemente sobre el dogma de la bondad de Dios y polemiza contra la teología epicúrea. El De providentia, del año 63, examina el problema del Mal y de la injusticia desde una perspectiva escatológica. Ya se trate de la audacia crítica o de la búsqueda de certezas racionales, la verdadera teología del filósofo se desarrolla entre el De vita beata y las Cartas. Es dentro de esta secuencia cronológica donde se plantea el problema del De superstitione y de su datación: el diálogo perdido, conservado parcialmente por Agustín en La ciudad de Dios, marca una culminación de la reflexión religiosa[8].
Dado que la datación del De superstitione condiciona el estudio de la evolución religiosa de Séneca, importa aclarar la cuestión. Se conoce la hipótesis de R. Turcan[9], quien sitúa el diálogo en 40-41, durante los primeros años de Claudio: la obra, que revelaría «un ímpetu juvenil y paradójico», sería anterior al entusiasmo de Nerón por la Dea Syria. Al retomar la argumentación de R. Turcan, se podrá cuestionar que el ataque contra los judíos (sceleratissima gens) y la sátira del sábado estén dirigidos contra el «filojudaísmo de Claudio»: el problema judío se revela crucial desde Tiberio hasta la insurrección del año 66, si nos remitimos a Flavio Josefo[10]. Séneca no presenció la explosión del año 66, pero, en cambio, fue testigo de los conflictos de san Pablo con su hermano Galión, gobernador de Acaya, y en aquella época resulta difícil distinguir el judaísmo del cristianismo. El proceso romano de Pablo podría llevarnos a situar hacia el año 63 los ataques contra el judaísmo[11].
Es preferible extraer las conjeturas del sistema teológico de Séneca, lo que permitirá descubrir en el De superstitione las audacias definitivas de un pensamiento que durante mucho tiempo estuvo buscándose a sí mismo. El diálogo censura, en el mismo fragmento, tanto las violentas prácticas místicas de Oriente —«uno se mutila las partes viriles, otro se corta los brazos»—, la frenesí religiosa (furor), como los ritos capitolinos: «ya aquellos ritos que suelen celebrarse en el mismo Capitolio». Esta liturgia habitual (solere), cuya vitalidad atestiguan las Actas de los Arvales[12], no cede en nada ante el furor isiaco: la misma locura colectiva. La misma burla de lo sagrado, la misma fabulación irracional. El isiacismo tiene al menos como excusa que se desata una vez al año (tolerabile est semel in anno insanire: «es tolerable enloquecer una vez al año»). Ciertamente, el texto no dice nada sobre el desvío de la religión capitolina, a partir del año 60, en un sentido tiránico: Tácito, en los Anales, libros 14 y 15, relató todas las súplicas que acompañan los crímenes del tirano[13]. La alusión a los teterrimi tyranni no es suficientemente explícita. Pero, en el mismo párrafo, Séneca denuncia las técnicas de propiciación y expiación: se piensa en los terrores religiosos de Nerón, hacia el final de su principado[14].
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Sénèque théologien: l'évolution de sa pensée jusqu'au «De superstitione»
Université de Dijon
Traducción: Yerko Isasmendi


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