martes, 31 de marzo de 2020

¿Qué es lo que queda del estoicismo?



La mayoría que conoce al estoicismo tan sólo de nombre o por lo que ha aprendido en la escuela, tiene del mismo una idea sumamente inadecuada. Cuando se habla de actitud estoica, habitualmente se piensa más bien en fuerza de ánimo, pero caso como en una actitud de resistencia pasiva, en una indiferencia desapegada respecto de la vida. También están los que han querido ver en el estoicismo algo afín con el cristianismo, al cual incluso le habría preparado el camino.

Todo esto corresponde sumamente poco del verdadero espíritu del estoicismo, en especial del que tomó pie y se desarrolló en Roma. A este último respecto debe recordarse que en la antigua Roma fueron sobre todo las estirpes patricias las que siguieron tal doctrina, que tenía menos el significado de una "filosofía", que el de una ética viviente, y que a tal respecto el estoicismo ayudó a una especie de reforzamiento y reintegración en su estilo originario de partes notorias de la nobleza romana.

Se puede denominar a la estoica como una ética eminentemente viril, realista y apta para el espíritu de los combatientes. Así pues son de Séneca estas palabras: «No temo decir entre los estoicos y los otros la diferencia es tan grande como entre un varón y entre mujer hechos, en la vida común, el uno para mandar y el otro para obedecer». Existe en el verdadero estoicismo una afinidad de naturaleza, más aun, verdadero parentesco, entre los dioses y el hombre verdadero. La mente es denominada "el Zeus (el dios olímpico) en nosotros"; es también denominada egemonikón, es decir, el principio soberano. La ética estoica es la de la soberanía interior, la cual agrada a Dios, puesto que - según tal doctrina -digno de Dios no es el hombre que se humilla, sino el que lo iguala.

Respecto de la conducta general de vida, es esencial la distinción, hecha ya por los estoicos griegos, entre ta eph'hemin, es decir entre lo que depende de mí y lo que en cambio no depende de mí. Éste es el aspecto realista del estoicismo. El mismo invita a discriminar fríamente todo lo que se encuentra en nuestro poder de aquello que no está en cambio en nuestro poder, a fin de que el espíritu no se encuentre perturbado por ello y quede excluida toda agitación estéril, justamente para la conciencia realista de aquello que no está en nuestras fuerzas prevenir o modificar. Pero si, en la condición humana, no dependen de nosotros muchas coyunturas y contingencias, depende sin embargo de nosotros la actitud que se toma ante las mismas, nuestra reacción ante éstas, o a tal respecto para el hombre verdadero no hay excusa: él puede y debe ser el señor de su vida interior. El dominio de los impulsos, de los sentimientos, de las pasiones se vincula al ta eph'hemin, así como la eliminación de todo irracional movimiento del alma. Aquí se ejerce la virtus del hombre verdadero.

Esta virtus, romanamente, no es ni la pequeña moral (la "moralina" de Nietzche), ni un puritanismo. El estoicismo no implica necesariamente un ascetismo como renuncia a aquello que de agradable puede ofrecer la existencia. Su precepto es sólo el de que tales cosas no vinculen al alma. Así los estoicos griegos, además de distinguir lo que es bueno y malo en sentido superior, consideraban una tercera categoría, la de los adiáfora, es decir de las cosas indiferentes; y entre adiáfora se halló quien incluyó también los placeres del sexo. La justa actitud a tal respecto es indicada por una semejanza de Epicteto; así como el hombre de un barco, una vez que ha desembarcado a tierra puede recoger diferentes cosas  y beber agua fresca, sin embargo debe hacer todo ello pensando en el barco, estando preparado, ante el llamado del piloto, a dejar todo. Al estoicismo le importa tan sólo que no se lance uno desesperado al banquete de la vida. La dignidad es uno de sus valores más altos. Dejemos una vez más hablar a Epicteto: «recuerda que debes comportarte en toda la vida como en un banquete. Si se está ofreciendo una comida y te la presentan, extiende tu mano y toma de ella civilizadamente. ¿Pasa de largo? No la detengas. ¿No llega todavía? No te dejes asaltar por el apetito, espera que venga. Lo mismo debe suceder con las mujeres, las cosas, las dignidades y los hijos, y tú serás así digno en un mañana de sentarte a la mesa de los dioses».

El estoicismo cual ética de combatientes se delinea sobre todo en las enseñanzas respecto del sentido de la desgracia y la actitud a asumir frente a la misma. A tal respecto es en Séneca que se encuentra las formulaciones más sugestivas. La semejanza es ésta: en el ejército, para las expediciones más peligrosas, para las tareas más duras son elegidos los valientes, mientras que los débiles y los cobardes son dejados en la retaguardia. Y aquel que es elegido para aquellas misiones dice: «El jefe me honra». Así pues -dice Séneca - «para el hombre verdadero toda adversidad es un ejercicio». «¿Cuál es el hombre digno de este nombre que no desee pruebas que estén a su altura, que no busque tareas peligrosas que realizar?». Todo lo que le acontece de adverso él lo convierte en ventaja propia, viendo en ello una ocasión para templarse, para formarse. «Infeliz es aquel que no ha conocido nunca la desgracia - agrega Séneca -puesto que él no sabe, ni nosotros tampoco sabemos de aquello de lo que es capaz». Y también: «Hay un espectáculo capaz de distraer la atención de Dios respecto de su obra: el del hombre que lucha con su desventura, especialmente si ha sido él mismo en haberla desafiado». Para Séneca, el hombre verdadero es más que los dioses, puesto que si éstos se encuentran al reparo de los males por naturaleza, él en cambio tiene el poder de superarlos.

En «aquello que depende de mí» se encuentra la fiereza en la capacidad de impedir que injusticias e injurias perturben su alma. Dejemos hablar nuevamente a Séneca: «Cuanto más tu nacimiento, tu fama, tu suerte te distancia de los demás, más aun debes demostrar vigor recordando que en los combates los cuerpos elegidos forman la primera línea. Ofensas, insultos, afrentas, injurias de todo tipo, todo esto debemos considerarlo como vociferaciones del enemigo, como flechas lanzadas desde muy lejos para poder alcanzarte y herirte. Y aun cuando te pareciere que el ataque supera a tus fuerzas, no cedas. Defiende la posición que la naturaleza te ha asignado. ¿Qué posición? La del hombre». Hacerse vencer en tales casos por móviles irracionales del alma, significa abdicar a la propia dignidad.

Es notabilísima luego la norma de una calma en la acción y de una acción en la calma, de acuerdo al dicho: «Inter se ista miscenda sunt: et quiescenti agendam et agendi quiescendum est». Es el estilo de quien es verdaderamente soberano en el mismo dominio de la vida activa, y no el agitado, el hombre atrapado por el descompaginado impulso a hacer, a llegar, a cumplir. Es un buen metro para medir el nivel espiritual del "activismo" de nuestros días.

El estoicismo (así como el budismo y la ética extremo-oriental) admite el suicidio. Pero lo que se ha mencionado es suficiente para indicar su verdadero sentido: el mismo lo admite  no como una fuga, sino como una extrema sanción de la soberanía y de la libertad interior del hombre. De la misma manera que en Oriente, se encuentra aquí implícita la idea de que el hombre se ha lanzado él mismo a la aventura terrestre. Su imperativo normal es, tal como se ha visto, el de mantener las posiciones. Pero él no debe nunca olvidar que esto es él quien lo quiere. De lo contrario, la puerta para "salir" se encuentra abierta: patet exitus. Es nuevamente un rasgo de virilidad, de autonomía espiritual.

Además de esto, Séneca, de la misma manera que Platón, habla de un doble Estado, al cual el hombre verdadero pertenece al mismo tiempo: el uno es invisible, eterno, espiritual, el otro es el de la tierra. Y dice: «Que existan seres invencibles, caracteres en contra de los cuales las contingencias nada pueden, ello es en el interés del Estado de los hombres».


La Tradición Romana
Julius Evola

miércoles, 4 de marzo de 2020

Epicteto y el falso filósofo estoico


Palabras del estoico Epicteto, oportunamente recogidas por el excónsul Herodes Atico, contra un joven fanfarrón y presuntuoso, falso seguidor de la filosofía, con las que de manera elegante marcó la diferencia entre el estoico verdadero y la turba de charlatanes hipócritas que se hacen pasar por estoicos.

Mientras residimos en Atenas para recibir las enseñanzas de nuestros maestros, Herodes Ático[1], gran orador en lengua griega y hombre que había ostentado el cargo de cónsul, solía llevamos a menudo a las villas próximas a esta ciudad a mí, al eminente Serviliano[2] y a otros compatriotas que desde Roma se habían trasladado a Grecia en busca de una formación intelectual. Morando con él en una villa llamada Cefisia[3], en unas fechas en que todavía apretaba el bochorno propio del sol otoñal, tratábamos de librarnos de los rigores del calor buscando la sombra de los inmensos bosques, las largas y apacibles alamedas, la fresca orientación de los edificios, las piscinas elegantes, abundantes y limpias, y la belleza de la villa entera, donde resonaban por doquier el murmullo del agua y los cantos de los pájaros.

Estaba allí con nosotros un muchacho, seguidor de la filosofía de la escuela estoica, según él mismo confesaba, pero demasiado hablador y dispuesto. En las charlas de sobremesa, habituales en los banquetes, hablaba sin cesar, tan inoportuna como irreflexivamente, sobre las teorías filosóficas, y únicamente anteponía a sí mismo las grandes figuras de la lengua ática, afirmando que todo el pueblo togado y todo lo calificado de latino eran algo rudo y zafio[4]. Y entre tanto hacía resonar su voz con palabras casi desconocidas, con silogismos y con otras artimañas capciosas propias de la dialéctica, afirmando que nadie, salvo él, podía resolver el "sofisma del triunfador"[5], el "razonamiento de reposo"[6], la sorites[7] y otros enigmas similares. Por otro lado, aseguraba que nadie como él había meditado, estudiado y conocido las cuestiones éticas, la naturaleza del ser humano, el origen de sus virtudes, así como sus deberes y limitaciones, o bien la perfidia de las pasiones y de los vicios, las faltas morales y la depravación. Opinaba que ni los tormentos ni los sufrimientos corporales ni los peligros que amenazan con la muerte podían dañar o menoscabar el estado de felicidad y bienestar que él creía haber alcanzado y que jamás enfermedad alguna podía turbar la expresión serena y tranquila de un estoico.

Estaba éste aireando tales vanas fanfarronadas y ya todos deseaban que se callara, agobiados y aburridos de su palabrería, cuando Herodes Atico se dirigió a él en griego, como suele hacer muy a menudo, y le dijo: «¡Oh tú, el mayor de los sabios! Permite que, puesto que nosotros, a quienes calificas de ignorantes, somos incapaces de responder a tus palabras, te leamos lo que Epicteto, el mayor de los estoicos, pensó y escribió a propósito de esta grandilocuencia vuestra». Y mandó que le fuera traído el libro I de los discursos de Epicteto según la recopilación de Amano[8], en el que aquel anciano venerable propinó una justa reprimenda a los jóvenes que, en lugar de hablar de la honradez y de la vida honesta, hablaban sin ton ni son de cuestiones banales y debatían sobre problemas infantiles.

Una vez traído el libro fue leído el párrafo que transcribo a continuación[9]. Con tales palabras severas, pero no carentes de gracia, Epicteto estableció la diferencia entre el estoico auténtico y sincero -sin duda alguna, desembarazado de sujeciones, liberado de necesidades, libre, rico, feliz[10]-, y la turba de hipócritas que se hacían pasar por estoicos y que, al arrojar una negra nube de hollín a los ojos de los oyentes, ofrecían una imagen deformada de tan noble escuela:

- «Háblame del bien y del mal

Escucha: "Un viento me ha impulsado desde Troya hasta el país de los cícones"[11]. De las cosas que existen, unas son buenas, otras malas, otras indiferentes. Buenas son las virtudes y cuanto de ellas emana; malos son los vicios y lo que del vicio deriva; indiferente es lo que se sitúa a medio camino entre ambas cosas: la riqueza, la salud, la vida, la muerte, el placer, la tristeza.

- ¿De dónde has aprendido esto?

- Lo dice Helánico[12]1en sus Egipciacas. Pero, ¿qué diferencia hay entre eso y lo que dijeron Diógenes[13en su Ética, Crisipo[14] o Cleantes[15]?

- O sea, que has analizado sus opiniones y te has formado la tuya propia. Muéstranos cómo te enfrentas a una tempestad cuando vas en un barco. ¿Te acuerdas de distinción semejante cuando la vela rechina y tú te pones a gritar? Y, si un gracioso se te acerca y te espeta: "Dime, ¡por los dioses! ¿no afirmabas ayer que el naufragio no era un mal, ni participaba del mal?", acaso no la emprenderías a palos con él? ¿Qué tenemos que ver contigo? Estamos a punto de morir, ¿y tú vienes con bromitas?. Y si el César te hace comparecer ante él como acusado <***>».

Al oír esto, aquel muchacho tan insolente se calló, como si tales palabras no las hubiera dicho Epicteto para otros, sino que fuera Herodes quien se las decía a él mismo.


Noches Áticas
Aulo Gelio
Tomo I, Libro I, pág, 83




1] Herodes Ático (nacido en Maratón el 101 a.C) fue un destacado personaje de la Segunda Sofística, discípulo de Polemón y Escopeiiano, y mentor de los futuros emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero. Ocupó destacados puestos político-administrativos en Grecia y alcanzó el consulado en Roma el 143.
2] Personaje desconocido para nosotros.
3] Cefisia: lugar cercano a Atenas, descrito por Gelio en i 8,10,1 como abundante en agua y bosques, por lo que el clima era fresco durante el verano. Allí poseía Herodes Atico una casa de campo.
4] La toga era vestimenta nacional romana. Manifiesto desprecio del joven hacia Roma.
5] Κυιαεύωμ, literalmente, ‘el dominante’. Argumento sofista del tipo ‘Aqniles y la tortuga’. Cf. Plutarco, Morales 615 A y 1070 C; Arriano, Manual de Epicteto 2,18,17 y Diógencs Laercio 2,108.
6] Ήσυχάζον λόγος, uno de los múltiples tipos de sofisma. Arriano, Manual de Epicteto 2,18,18; Diógenes Laercio 7,197-198 y Cicerón, Acad. 2,29. 
7] Σωρίτης συλλογισμός, literalmente, ‘silogismo de montón’ o ‘de acumulación’. Cicerón, Acad. 2,16: “Lo primero que debe reprochársele a nuestros contrarios es la utilización de las más capciosas preguntas. Semejante modo de razonar goza de poco aprecio en filosofía: consiste en añadir o quitar algo, por fases, gradualmente. Ellos llaman sorites a esta deplorable y ladina manera de argumentar, porque forma un montón grano a grano”. Cf. Sexto Empírico, Contra los matemáticos 9,182. En Galieno, 8,25, se interpreta como ‘polisiíogismo’, entendido como acumulación de premisas.
8] Epicteto nació en Hierápolis de Frigia ca.55 p.C. Fue esclavo de Epafrodito (secretario de Nerón). Tras alcanzar la libertad, impartió enseñanzas en Roma hasta el edicto de Domiciano (entre el 89 y 92), que expulsó de Italia a todos los filósofos. Se estableció en Nicopolis (Epiro), donde creó escuela. Murió hacia el 135. Su doctrina fue recopilada por su discípulo Amano de Nicomedia (Bitinia), quien, entre los muchos cargos que desempeñó, fue cónsul y legado imperial en Capadocia el 132. Amano compuso las Disertaciones de Epicteto y el Manual, compendio de las enseñanzas de su maestro.
9] El pasaje en cuestión no pertenece al libro I, como dice Gelio, sino al II. Se trata de Arriano, Manual de Epicteto 2,19,20.
10] Gelio ha empleado aquí una serie de términos griegos: ακώλυτος, άνάγκαστος, άτταραττόδΐ-στος, ελεύθερος, εύπορων, εύδω μοκον.
11] Homero, Od. 9,39.
12] Helánico de Mitilene (V a.C.), autor de 23 obras de contenido preferentemente etnológico y geográfico, en las que ocupa un destacado papel el mito, considerado elemento histórico. Aparte de sus Egipciacas, compuso también Cipriacas, Lidiacas, Pérsicas y Escíticas. De las regiones griegas sobre las que escribió destacan Ática, Eolia, Lesbos, Argolide, Beocia y Tesalia. No se trata, pues, de un filósofo, de modo que Epicteto, sin duda, lo trae a colación con cierta sorna.
13] Diógenes de Scleucia, filósofo estoico que recaló en Roma el 156 a.C., en la embajada ateniense de la que también formaban parte el peripatético Critolao y el estoico Caméades de Cirene
14] Crisipo, convertido al estoicismo por Cleantes, director de la Academia, le sucedió en la dirección de la escuela el 233 a.C., y llevó las riendas de la misma hasta su muerte, el 207 a.C. Se decía: “Si no existiese Crisipo, no existiría la Stoa”. Cf. Diógenes Laercio, 7,179-183.
15] Cleantes de Asso (Tróade) fue discípulo de Zenón en Atenas y sucesor suyo en la dirección de la escuela estoica, desde el 262 a.C. hasta su muerte, el 233 a.C. Autor fecundo, se mencionan de él unos 60 títulos, pero sólo se conservan unos 150 fragmentos. Véase un relato de su vida en Diógenes Laercio, 7.