lunes, 14 de abril de 2025

Une piété de la raison, philosophie et religion dans le stoïcisme impérial


Contrariamente a lo que algunos usos del estoicismo con fines exclusivamente terapéuticos o la abundancia de trabajos recientes sobre la ética y la política estoica podrían hacernos creer, la piedad (εὐσέβεια / pietas) también es innegablemente un elemento central del pensamiento estoico. Entendida como la adecuación de la voluntad humana a la voluntad divina, parece, si no en conflicto, al menos sin mucha conexión con la religión tradicional y sus ritos. Una "piedad de la razón", para usar el título de la obra, a primera vista parece estar en contradicción radical con las prácticas adivinatorias o las oraciones de solicitud que contribuyen a la superstición en la época en que florecio el estoicismo. Por otro lado, la obra de J. Pià Comella tiende a mostrarnos que las cosas --en este caso la racionalidad estoica-- están lejos de ser tan simple (denuncia dirigida a M. Daraki), y que la diversidad real de perspectivas adoptadas por los estoicos sobre la piedad ha sido pasada por alto con demasiada frecuencia (denuncia dirigida a D. Babut), en particular la originalidad y la importancia del estoicismo romano (denuncia dirigida a D. Babut y K. Algra). Sin duda por no haber tenido en cuenta la especificidad del contexto romano en general y del imperial en particular. Se trata, por tanto, de la reevaluación de un tema aparentemente sin incidentes en el que J. Pià Comella se embarca para hacernos sentir, mediante el examen detenido de la forma en que cada uno de los estoicos problematiza la relación de la filosofía (de hecho, la teología racional de los estoicos, y más generalmente los dogmas éticos) con la religión (natural o tradicional y ritual), la tensión que caracteriza el tratamiento propuesto por los diversos estoicos por una parte y, por otra, la importancia y la especificidad del tratamiento romano. Finalmente, y este sería otro aspecto a recordar del libro, en el cual se pretende releer las referencias religiosas y espirituales más allá de los estudios dedicados al ascetismo moral --en particular las obras de P. Hadot y M. Foucault-- para identificar, en ciertos casos, la dimensión estrictamente religiosa, insistiendo también en el papel de ciertas formas literarias - el himno, la alegoría o la cierta retórica - en la expresión estoica de lo divino.

La obra se compone de seis capítulos[1], dedicados respectivamente al estoicismo helenístico (de Zenón a Posidonio incluido el Himno a Zeus de Cleantes), Cartas a Lucilio de Séneca, Resumen de Cornuto, Sátiras de Aulo Persio, a las Disertaciones de Epicteto y, finalmente, a las Meditaciones de Marco Aurelio. En cada uno de ellos se saca a la luz una forma particular de formular la cuestión de la piedad, de problematizar la relación entre la racionalidad estoica y la religión tradicional o, para decirlo en términos romanos, entre la teología racional de un lado y, por otro, de la otra, formas naturales o civiles de teología. La obra insiste en la coherencia de la crítica radical que lleva adelante Zénon en su República con los principios teológicos y éticos del sistema estoico, al tiempo que especifica sin embargo que la denuncia de imágenes y ritos antropomórficos no contradice una forma de socialidad cívica fundada en tales prácticas desde el la renuncia a los ritos concierne sólo a la ciudad de los sabios. Por el contrario, el intento de legitimar las prácticas adivinatorias tradicionales llevadas a cabo por Posidonio conduce a una reevaluación y una modificación del significado de esta práctica para que siga siendo coherente con la doctrina estoica del destino así como con la indiferencia que 'atribuyen a eventos - un significado de adivinación que encontramos en Epicteto. El proyecto moral en el corazón de las Cartas a Lucilio lleva a Séneca a abordar la religión desde esta perspectiva tan particular y, en consecuencia, a subordinar la práctica religiosa propia de este proyecto y los ritos a la teología racional, precisando que, a diferencia de las Cuestiones naturalesLas cartas descuidan la dimensión cósmica de la piedad en favor de la relación del sujeto con su propia alma. Por el contrario, la piedad plenamente intelectual que está emergiendo no se separa del contexto romano en el que está inscrita y de los valores sociales y morales que se manifiestan en la religión romana. Finalmente, Séneca da un lugar central al progreso y es él quien, gracias a su esfuerzo, está llamado a "vivir como un dios" y conquistar aquí y ahora una forma de inmortalidad. El estudio de los mitos de Cornuto contrasta marcadamente con la crítica o la indiferencia de otros estoicos a este respecto. Contra A. A. Long y D. Dawson, J.P. Comella defiende la idea de que el Resumen ofrece una verdadera empresa alegórica, aunque de hecho diferente a la del pseudo-Heráclito. Luego trata de mostrar cómo la interpretación de los mitos tal como la lleva a cabo Cornuto -quien no está interesado en la historia sino en tal o cual imagen o episodio preciso- no es, sin embargo, contraria a la racionalidad del Pórtico, sino que intenta articular la teología estoica y religión tradicional, «razón y opinión común» (p. 264). El hecho es que la práctica alegórica, en la medida en que «va acompañada de concesiones específicas a la teología tradicional (...) no parece resolver el problema del desbordamiento de las prácticas orientales en la era neroniana» (p. 263) y más generalmente de la superstición. Es, en cierto modo, su sucesor y admirador, el poeta latino Persio, autor de las Sátiras y de un proyecto literario explícitamente al servicio de un progreso moral de la obediencia estoica, quien responde a tal pregunta asumiendo una posición explícita contra las supersticiones a favor de una racionalización de la religión. Pero J. P. Comella también insiste en la complejidad de la posición del poeta: si la crítica de la religión tradicional es radical, se hace «en nombre del mos maiorum» y la piedad interior de Persio se expresa, al menos en parte, en términos de Religión romana. Como la de un Séneca o un Persio, la piedad reivindicada por Epicteto se caracteriza por su dimensión intelectual, frente a una piedad ritual, pero también y sobre todo por su dimensión universalista, independientemente de una atención explícita al mos maiorum, sobre todo porque la religión a la que se refiere no es tanto la religión romana como una forma panhelénica de religión. Es sin duda la dimensión cósmica de su piedad lo que distingue a Epicteto de sus predecesores romanos y lo conecta con el cosmopolitismo de los estoicos griegos, y los cínicos que juegan un papel muy importante para él. La posición de Marco Aurelio, por su parte, se caracteriza por una tensión entre la piedad racional, que también subraya la dimensión cósmica, como se atestiguan la mayor parte de sus Meditaciones por un lado y, por otro lado, el gusto por lo sobrenatural que se manifiesta en su Correspondencia, el cuidado en el culto imperial y una forma de piedad más tradicional, asociada al mos maiorum, que aparece en el primer libro de sus Meditaciones. Por el contrario, es un fuerte sentimiento religioso, independientemente de las prácticas religiosas, que emerge en su pensamiento y que lleva al emperador-filósofo a hacerse pasar por imitador y continuador de la obra divina, más que como un sirviente como éste es, según él, el caso de Epicteto.

A través de este análisis, tan meticuloso como informado -y fascinante-, surge ante todo una tensión entre dos tendencias -rechazo o legitimación- con respecto a la religión tradicional, sus mitos y sus prácticas. Incluso si el análisis interno muestra que las cosas son matizadas y complejas, es posible distinguir una tendencia a la crítica radical o a una indiferencia hacia las prácticas tradicionales (Zenón, Persio, Epicteto) y una tendencia a la justificación o legitimación de las prácticas tradicionales (Posidoniuo, Cornutos, Marco Aurelio en sus Meditaciones). J. P. Comellase propone relacionar esta tensión -entre crítica y legitimación o justificación de la religión tradicional- con la ambigüedad inherente al sistema teológico estoico. En efecto, los estoicos consideran que existe una percepción ingenua y natural de lo divino que la teología racional se encargaría de explicar, lo que en cierta medida también implica su superación en una especie de racionalización. Sin embargo, concretamente, ya se trate de una propensión crítica o justificativa, el enfrentamiento entre los dogmas del Pórtico y las prácticas y expectativas tradicionales genera efectos de retroalimentación que conducen tanto a la adaptación como a la modificación del sentido dado a un práctica tradicional (se considera la adivinación como una forma de saber qué nos asigna el destino y por tanto de colaborar en nuestro destino) que a la relajación de tal o cual dogma, en el sentido de las expectativas públicas (la noción de providencia en Epicteto está formulada en los términos acordados a los que su audiencia está acostumbrada).

El elemento central de la demostración llevada a cabo por J.P. Comella, sin embargo, reside en la especificidad que le da al estoicismo romano y en la forma particular de piedad que allí emerge. En efecto, los estoicos romanos viven y piensan en un contexto particular que se caracteriza para Cornella por dos aspectos esenciales: la especificidad de la religión romana asociada con el mos maiorum y el surgimiento, con Nerón, de un culto imperial que implica la deificación de un hombre en vista de su cargo político; además, de la creciente importancia que se le da al individuo, que se refleja entre los estoicos en una especial atención al progreso. Pueden conservarse tres aspectos de una versión imperial de la piedad estoica. A excepción de los pensadores no romanos, en particular Epicteto, el mos maiorum importa y desempeña un papel importante en la forma en que los estoicos romanos problematizan la piedad. En un contexto de culto imperial, ciertos aspectos de la piedad estoica no dejan de asumir un papel crítico desde el punto de vista político, aspecto que nos pareció particularmente original en la reflexión realizada por J.P. Comella. La deificación del hombre llamado a «vivir como los dioses» aquí y ahora concierne al sabio, a las figuras morales tradicionales (Cornuto) o al progresista (Séneca), pero no al Príncipe, excepto quizás en Marco Aurelio, donde el culto de su daimon/genius es acompañado de una reflexión sobre la calidad y virtud del Príncipe. Asimismo, Comella enfatiza la importancia de una forma de libertas inherente a la piedad tanto en Cornuto como en Persio. Por último, conviene subrayar no sólo la importancia sino sobre todo el significado de la referencia al daimon entre los pensadores romanos, a la articulación entre una reflexión sobre el progreso moral y la deificación.

Finalmente, no se niega en absoluto el papel estratégico que puede jugar la religión, en Séneca o en Marco Aurelio, donde funciona como una especie de "atajo" en el ascetismo moral. J.P. Comella también muestra que no se puede subordinar sistemáticamente la referencia a la religión a la cuestión moral. Y esta es otra tesis fuerte que se defiende en el libro. Ya sea Cleantes, Cornuto, Epicteto o Marco Aurelio, existe, según Cornella, una dimensión propiamente religiosa  - hasta ahora desatendida en los estudios sobre estoicismo - que implica que esta vez nos interesemos por el género de las obras y por el estilo y retórica utilizada. Ya que como lo afirma el autor para los estoicos esta es una forma de expresar algo de lo divino que sólo es posible a través del discurso racional.

Por tanto, el trabajo de J.P. Comella resulta ser un estudio valioso por su riqueza y precisión, lo que constituye una importante contribución a los estudios estoicos contemporáneos. Lo único lamentable que se podría decir sería la falta de contextualización o situación de la investigación en nuestras propias investigaciones. Pero, como dice Cornella sobre Cornuto, este silencio puede tener ya un valor crítico en sí mismo.


Reseña: Sandrine Alexandre
Jordi Pià Comella, Une piété de la raison. Philosophie et religion dans le stoïcisme impérial. Des Lettres à Lucillius de Sénèque aux Pensées de Marc Aurèle, Turnhout, Brepols Publishers, 2014, 564 p., ISBN : 978-2-503-55435-8.
Fuente Philosophie Antique, XVII, 2017
Traducción: Yerko Isasmendi




1) Tabla de contenido.:
Introducción
Capítulo 1. Filosofía y religión de Zenón a Posidonio: ensayo de síntesis.
Introducción 
I. Teología estoica y nociones comunes
II. ¿De una religión ritualista a una religión intelectual?
III. En la encrucijada de lo filosófico y lo religioso: las nociones de adivinación, δαίμων y oración

Capítulo 2. Religión y mejoramiento moral en las cartas de Séneca a Lucilio
Introducción
I. De la piedad ritual a la piedad interior en las Cartas a Lucilio
II. Providencia interior y uso de prácticas religiosas
III. De la veneración del Dios cósmico a la veneración de la vida filosófica
IV. Adore el alma humana y el sabio

Capítulo 3. Alegoría de los mitos y teología estoica en el Compendio de Cornuto
Introducción 
I. Oscuridad y profundidad filosófica del mito
II. El mito como modo de transmisión de la piedad estoica 
III. Los intereses políticos y religiosos de la alegoría en el Abrégé 

Capítulo 4. Religión y libertas en las sátiras de Perseo
Introducción 
I. Crítica de las supersticiones, terapia de las pasiones y mos maiorum en la segunda sátira
II. Pietas et libertas politique en la quinta sátira?

Capítulo 5. “Autocuidado” y amor a Dios en Epicteto
Introducción 
I. La búsqueda de la piedad en el marco escolar de superación moral 
II. “Autocuidado” y prácticas religiosas 
III. El hombre-dios, siervo del Dios cósmico 

Capítulo 6. Marco Aurelio y la religión: ¿la piedad de un filósofo y / o un príncipe?
Introducción
I. Marco Aurelio, príncipe y eminente sacerdote de Roma
II. La piedad de un estoico y / o un Antonino 
III. ¿"Yo mediador", "yo religioso"? Religión y ascetismo moral en las Meditaciones , 

Conclusión 
Back Matter ("Bibliografía selectiva", "Índice") 

Fuente: brepolsonline.net

Simón el zapatero como cínico ideal


 Según Diógenes Laercio (2.122) Sócrates visitaba a menudo el taller de un zapatero llamado Simón, quien tomó notas de sus conversaciones e incluso incluyó treinta y tres de ellas en un libro. La asociación de Sócrates con Simón se asume en otras referencias antiguas a este zapatero-filósofo. La mayoría de los estudiosos, sin embargo, tienen sus dudas. Señalan que ni Platón ni Jenofonte mencionan jamás a Simón y que las tradiciones en sí, además de ser tardías, son escasas, improbables y legendarias. En consecuencia, niegan que Sócrates haya visitado el taller de Simón, o incluso que Simón haya existido alguna vez. Simón, el zapatero, se afirma, fue realmente la creación literaria de otro socrático, Fedón de Elis, que escribió un diálogo titulado "Simón" (cf. Diog.Laert. 2.105), que, salvo algunos fragmentos, ahora se ha perdido .

R. Hirzel y H. Hobein han desafiado enérgicamente estas conclusiones acerca de Simón. Este último sostiene que el silencio de Platón y Jenofonte, nuestras dos fuentes principales para los compañeros de Sócrates, no es una prueba final contra la existencia de Simón, ya que las estancias de Jenofonte en Atenas fueron breves y dado que incluso Platón no incluyó a todos los que se sabe que habían conversado con Sócrates. Hobein también sostiene que Simón fue mencionado no solo por Fedón sino probablemente también por Antístenes; por lo tanto, si dos de los primeros escritores lo mencionaron, es muy poco probable que hubiera sido la creación literaria de ninguno de los dos .

Pero si, por tanto, no hay motivos para dudar de la existencia de Simón, debe admitirse, como hace Hirzel, que muy poco se puede decir sobre el Simón histórico, excepto su asociación con Sócrates  y una modesta actividad literario-filosófica. Como se verá, la figura tradicional de Simón ha sido moldeada menos por la reminiscencia histórica que por las cuestiones y debates filosóficos en los que desempeñó un papel importante, particularmente en su forma cínica.

Los rasgos cínicos en el retrato de Simón ya antes se habían mencionado, pero el significado preciso de este retrato no se había analizado, convirtiéndose así en un tema actual de estudio. Específicamente, este artículo busca mostrar que las tradiciones sobre Simón el zapatero han sido moldeadas por su papel en los debates sobre si el filósofo debería asociarse con reyes, y especialmente por su papel en estos debates, ya que se llevaron a cabo entre los mismos cínicos, es decir, para digamos, entre cínicos estrictos y hedonistas.

Junto a la asociación de Simón con Sócrates, la característica más constante de la tradición de Simón es su negativa a dejar su banco de trabajo y aceptar el apoyo de Pericles. En Diógenes Laercio (2.123) tenemos esta tradición, sin duda legendaria, en la que Simón responde a una promesa de apoyo de Pericles diciendo que nunca vendería su libertad de expresión (παρρησια). La mención que hace Plutarco de Simón en Maxime cum principibus philosopho esse dissrendum 776B también lo empareja con Pericles ,  pero la función de este emparejamiento aquí es especialmente instructiva. Plutarco, como sugiere el título del tratado, sostiene que el filósofo debería asociarse con los gobernantes (cf 777B), pero también es muy consciente de que algunas personas  no estarían de acuerdo con él. Estas personas aparentemente se opusieron a que los filósofos fueran a los tribunales y defendieron su posición, al menos como la presenta Plutarco, apelando al ejemplo de Simón. En su opinión, el gobernante  que necesite consejo debería decirle al filósofo: «Déjame cambiar de Pericles o Catón y convertirme en Simón el zapatero o Dionisio el maestro de escuela para que puedas sentarte y conversar conmigo, como Sócrates hizo con esos hombres (es decir, con Simón y Dionisio)». 



Ronald F. Hock
Simon the Shoemaker as an Ideal Cynic
Noviembre, 1975
Traducción: Yerko Isasmendi

domingo, 6 de abril de 2025

El hombre libre (eleútheros) según Epicteto


RESUMEN: La noción de libertad tiene una rica historia de desarrollos conceptuales, cuyos inicios se remontan a la antigua Grecia. El estoicismo tardío constituye un momento crucial en esta historia, porque de alguna manera traslada el pensamiento en torno a esta noción del mundo griego al mundo romano. Más específicamente, Epicteto desarrolla una noción de libertad que, aunque coherente con el estoicismo clásico, merece un estudio más profundo debido al lugar central que este concepto ocupa en la economía de su pensamiento, así como por la enorme influencia que tendrá en la posteridad. Este artículo pretende examinar la noción de libertad en el estoicismo tardío. Más precisamente, se tratará de explicar esto último a partir de su exposición por Epicteto en las Disertaciones, insistiendo en su obtención mediante la adquisición de la recta razón y la comprensión de la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no. 

INTRODUCCIÓN

Aunque hoy la noción de libertad pueda parecer adquirida hace mucho tiempo en sus determinaciones conceptuales, ha experimentado sin embargo un rico y tortuoso desarrollo histórico, a partir del periodo clásico de la antigua Grecia, donde, como veremos brevemente, se encontraba en embrión en forma de licencia democrática. En este sentido, cualquier intento serio de arqueología filosófica del concepto de libertad debería centrarse en sus antiguas determinaciones. En particular, sería imperativo prestar atención al estoicismo tardío, a través del cual la reflexión sobre esta noción pasa de alguna manera del mundo griego al mundo romano . En Epicteto, que fue durante un tiempo esclavo en Roma, encontramos abundantes consideraciones en torno a la cuestión del hombre libre y lo que le permite ser considerado como tal:

«Porque es libre aquel a quien todo le sucede según su facultad de elección y a quien nadie puede impedírselo. ¿Qué? ¿Es la libertad una irracionalidad? ¡Nada de eso! La locura y la libertad no van juntas. "Pero quiero que pase todo lo que creo que es bueno, sea lo que sea”. Estás loco, estás delirando. ¿No sabéis que la libertad es algo hermoso y de gran precio? Querer que suceda al azar lo que he juzgado bueno al azar corre el riesgo no sólo de no ser bello, sino incluso de ser lo más feo de todo».

La libertad, así entendida por Epicteto, no es una licencia ilimitada, sino más bien una característica de quien vive según la recta razón y a quien todo le sucede de acuerdo con su facultad de elección. Este artículo pretende examinar la noción de libertad en el estoicismo tardío. Más precisamente, se tratará de explicar esta última a partir de su exposición por Epicteto en las Disertaciones, intentando mostrar cómo la libertad no es algo que se posee desde el principio, como es la responsabilidad causal del agente , sino que por el contrario hay que intentar adquirirla progresando hacia el estado de sabio. Insistiremos, pues, en la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no, cuya comprensión real constituye una condición necesaria para la adquisición de la libertad.

Comenzaremos trazando un breve retrato de la posición de los primeros estoicos –en particular de Crisipo– sobre esta cuestión de la libertad, para poder apreciar la originalidad del pensamiento de Epicteto en relación con el de sus predecesores. Para ello, seguiremos el artículo de S. Bobzien, “Stoic Conceptions of Freedom and their Relation to Ethics”. A continuación, examinaremos el caso más específico de Epicteto, repasando brevemente las interpretaciones de S. Bobzien, R. Braicovich y B. Collette-Dučić. En una tercera y última sección, nos referiremos a extractos seleccionados de las Disertaciones para validar, con ayuda de los textos, las determinaciones conceptuales de la libertad estoica tardía propuestas por los tres autores citados.

1. LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD: DE CRISIPO A EPICTETO 

En su artículo “Stoic Conceptions of Freedom and their Relation to Ethics”, Suzanne Bobzien muestra el desarrollo que hace Crisipo de una noción de lo que depende de nosotros (eph’ hêmin), que sirve para salvaguardar la responsabilidad moral contra los ataques que pretenden hacer del estoicismo un fatalismo. Se aborda luego el desplazamiento de la problemática crisipiana de la responsabilidad desde el plano de la física al plano de la ética, que Epicteto parece favorecer. Podemos entonces entender que si Crisipo intentó hacer un lugar causal de la responsabilidad, Epicteto parece más bien querer distinguir claramente las cosas que dependen de nosotros de las que no, es decir, aquellas que podemos perseguir sin riesgo de ser obstaculizados y aquellas en cuya persecución encontraremos necesariamente obstáculos . Esta responsabilidad, sin embargo, no debe confundirse con la eleutheria, o libertad, atribuida sólo a los sabios en la tradición estoica. Como demuestra Bobzien, si se puede decir que cada uno es responsable en cuanto causa de sus acciones, pero la libertad sólo puede alcanzarse a través del conocimiento completo, que es el que posee el hombre sabio o el dios. Bobzien escribe:

«Según Crisipo, un estado o cambio individual depende de que si yo, en tanto ser racional, soy causalmente responsable de él. […] En Epicteto no se discute el elemento de causalidad y rara vez se enfatiza el factor del auto origen. […] Parece que para Epicteto lo que importa es si [el estado o cambio individual] pertenece a una clase de cosas que no pueden ser obstaculizadas o forzadas externamente» .


Leer texto completo

Tristan ampleman-Tremblay,
L’homme libre (eleútheros) selon Épictète
Revue philosophique étudiante de l'université Laval· Vol 18 
Traducido: Yerko Isasmendi

jueves, 3 de abril de 2025

El sabio frente a Zeus

 

La noción de pensamientos de dios, que utilizan tanto Séneca como Epicteto y que también se manifiesta en el platonismo medio, nos permite evaluar cómo comparan el proceso humano de conocimiento con la razón divina. Con las implicaciones de la comparación, podemos adquirir una mejor comprensión de la relación entre epistemología y física en el estoicismo, por un lado, y entre estas dos y la ética social, por otro.

Plutarco, en uno de sus polémicos pasajes sobre los estoicos, acusa a Crisipo en particular de contradecirse el papel y la importancia de la física en el estoicismo. Por un lado, Crisipo dice que no hay mejor manera de abordar los temas del bien y del mal, de la virtud y de la felicidad que tomar como punto de partida la "naturaleza común" (hê koinê phusis) y la organización del universo[1]. Por otro lado, organiza el conocimiento de acuerdo con la siguiente serie: lógica, ética, física, estando la teología en la cima de la tercera disciplina[2]. La primera afirmación sobre la primacía de la física, hay que decirlo, se encuentra en una obra claramente dedicada a la física (in tais phusikais thesesin), y no a la ética. Sin embargo, no hay contradicción si tenemos en cuenta que en el estoicismo las tres ramas de la filosofía no están compartimentadas, sino que forman parte de un sistema en el que todo se refiere a todo. Sin embargo, esta tesis conduce a más dificultades, por lo que el debate sobre la relación exacta entre ética y física en el estoicismo permanece abierto[3].

Los estoicos de la época imperial en Roma nos brindan más información sobre este tema que los fragmentos de los fundadores de la escuela. El estado fragmentario de estas obras originales hace que la cuestión de la continuidad del estoicismo sea difícil de resolver, pero los estoicos romanos al menos nos ayudan a vislumbrar cómo podrían concebirse las relaciones entre lógica, física y ética. Se trata en particular de comparaciones entre la actividad del principio divino, llamado Zeus, y la razón humana que nos permitirán analizar el vínculo entre física y epistemología, por un lado, y entre física y ética social, por el otro. Pero antes de acercarnos a esta línea de investigación, recordemos primero la influencia que tuvo el Timeo de Platón en Crisipo. La magistral conclusión de este trabajo marcó la pauta para cualquier reflexión posterior sobre la conexión entre el alma humana y la estructura racional del universo. Crisipo se hace eco de este pasaje en los siguientes términos:

«Además, vivir de acuerdo con la virtud equivale a vivir de acuerdo con la experiencia de lo que sucede por naturaleza, como dice Crisipo en el libro I de su tratado "Sobre los fines": porque nuestra naturaleza es parte del todo. Por eso vivir de acuerdo con la naturaleza se convierte en el fin, es decir, de acuerdo con la propia naturaleza y la del conjunto, no emprender nada que normalmente está prohibido por la ley universal, que es la justa razón que penetra en todas las cosas., e idéntico a Zeus, que es el jefe de la administración de las cosas existentes. Y la virtud del hombre feliz y el buen fluir de su vida es: lograr siempre todo sobre la base de la armonía del espíritu guardián de cada hombre con la voluntad de quien administra todo». [DL VII, 87-88 = LS 63C; trad. Brunschwig / Pellegrin.]

Como Platón en Timeo (90a-d), Crisipo enfatiza los vínculos entre la naturaleza de los seres humanos y la naturaleza del kosmos. Así como la razón es, en el Timeo, el espíritu guardián que hay que mantener en buen orden según el modelo del alma cósmica, Crisipo quiere que este espíritu guardián armonice con la voluntad de un principio divino que es radicalmente inmanente en el mundo[4].

I

Séneca y Epicteto tienen en común el motivo que servirá de hilo conductor: la comparación entre el estado de Zeus en el momento de la conflagración total del universo y la condición humana. Es notable en sí mismo que estos autores compartan este motivo esencial, y en términos muy similares, como veremos. Con demasiada frecuencia, los estoicos romanos se distinguen entre sí por el idioma en el que han elegido comunicarse, latín o griego, y perdemos de vista el hecho de que pertenecen a la misma tradición filosófica.

En su De Vita Beata, Séneca examina el problema de las relaciones que puede tener un ser humano con los objetos externos:

«(a) Que la razón [¿humana?] busca los estímulos de los sentidos y que, eligiéndolos como punto de partida (porque no tiene otro lugar desde donde despegar y precipitarse hacia lo verdadero), vuelve sobre sí misma. (b) El mundo que todo lo abarca, Dios que gobierna el universo también tiende a exteriorizarse a sí mismo, pero sin embargo, vuelve a sí totalmente de todas partes (c) Que nuestra alma haga lo mismo: cuando, habiendo seguido los sentidos que la animan, se haya extendido a través de ellos hacia los objetos externos, sea dueña de éstas y de sí misma». [De Vita beata VIII, 4 trad. Bourgery.]

Encontramos la justificación filosófica de esta analogía entre los seres humanos y dios en el pasaje de Crisipo que ya hemos citado y del que se hace eco Séneca en este capítulo de De Vita beata. «Vivir según la naturaleza» para un ser humano, según los estoicos, significa armonizar la razón individual con el principio divino o razón divina, razón que, a su vez, gobierna todo el universo ordenado. Esta analogía se transforma en un isomorfismo real a nivel físico si tenemos en cuenta que el alma, y ​​a fortiori la razón humana, es una "parte" (apospasma) de la respiración (pneuma) que constituye el principio divino[5]. Es también uno de los temas predilectos de Marco Aurelio: darse cuenta de la verdadera condición humana significa recordar que el ser humano tiene su origen en el principio divino[6]. Séneca lo expresa de esta manera:

«Pero (si alguien tiene en su cuerpo virtud e intrepidez),ése iguala a los dioses, tiende hacia ellos consciente de su origen. Nadie actúa con imprudencia al esforzarse por escalar el lugar del que había descendido. Pues, ¿qué te impide pensar que existe algún destello divino en quien es parte de la divinidad? Todo este mundo que nos rodea es unidad y es Dios; somos partes y miembros de él». [Epístolas. 92.30, trad. Juan Mariné Isidro & Ismael Roca Meliá]

Por tanto, entenderse a uno mismo va de la mano con la comprensión del mundo. Séneca no duda en sus cartas en utilizar una frase corta que evoca un entramado de relaciones muy complicado: «conocimiento de uno mismo y de la naturaleza» (sui naturaeque cognitio, Ep. 82.6; cf. también 95.12, 65.15-16, 65,18 sq). Esto no le impide, en pasajes como la introducción al séptimo libro de De Beneficiis o el Prefacio al tercer libro de las Quaestiones Naturales, despotricar contra aquellos que se pierden en investigaciones sobre oscuros detalles de las ciencias naturales. Sin embargo, como han demostrado claramente los análisis de Michel Foucault, estos pasajes no son un rechazo categórico de la ciencia, sino, por el contrario, son un llamamiento a una buena práctica de estas investigaciones[7]. Para los estoicos, estudiar las ciencias naturales es dar absoluta prioridad al vínculo entre el yo y la razón divina que ordena el mundo dentro de él. También pertenecemos a la naturaleza y a la comunidad de Dios y los hombres. La forma real de encerrarse en uno mismo es al mismo tiempo el acercamiento correcto a la naturaleza y viceversa. Séneca puede, por tanto, concluir que «haber contemplado el mundo con los ojos del espíritu» significa «el dominio sobre los vicios»[8]. 

En el pasaje ya citado de De Vita Beata de Séneca, la «relación de nuestra alma con los objetos externos» tiene un interés epistemológico: dado que los sentidos son el punto de partida de la razón, que no tiene otro, la razón debe externalizarse en el proceso del conocimiento para tener acceso a los objetos sensibles. Pero este proceso, como dice Séneca, no conduce automáticamente a la alienación, a la pérdida de uno mismo.

Sin embargo, nuestras relaciones con los objetos externos no se limitan al proceso epistemológico. En primer lugar, también hay que satisfacer las necesidades del cuerpo, como la alimentación y la protección a través de la ropa y la vivienda, y el deseo de adquirir bienes materiales en general. Sin embargo, los “objetos externos” que son otros seres humanos son más importantes para nosotros en nuestras relaciones sociales. En vista de la importancia de los deberes sociales en el estoicismo, estos otros plantean una cuestión filosófica muy importante. ¿Cómo podemos cuidar de los demás sin perder el control de uno mismo o la conexión con el principio divino?

La dimensión social aparece más claramente en un segundo pasaje de Séneca, esta vez de una de sus cartas:

«a)Con todo, ¿cuál ha de ser la vida del sabio, si queda sin amigos, metido en prisión, o abandonado entre gente extraña, o detenido en una larga travesía, o arrojado a una playa desierta?» (b) Cual es la de Júpiter, cuando destruido el mundo, confundidos los dioses en uno, quedando poco a poco inactiva la naturaleza, se recoge en sí mismo entregado a sus pensamientos. (c)Algo similar hace el sabio: se concentra en sí mismo, vive para sí mismo y toma esposa; se contenta consigo mismo y engendra hijos; se contenta consigo mismo y, en cambio, no viviría si tuviera que hacerlo sin sus semejantes». [Epístolas. 9, 16-17; trad. Juan Mariné Isidro & Ismael Roca Meliá] 

¿Cómo se comportará el sabio estoico en una profunda crisis existencial, especialmente cuando se vea privado de sus amistades y otras formas de apoyo social? La vida del universo también experimenta "crisis" periódicas: una vez establecido el orden del kosmos, el ciclo vuelve a sí mismo y todo se destruye, o se reabsorbe en el principio divino, y finalmente en una conflagración total, que ni siquiera perdona a los dioses y deja al mismo Zeus "solo" con sus pensamientos, como un sabio exiliado en una isla desierta. Así como Zeus está completamente seguro de sí mismo, el sabio sabrá cómo mantener la calma y salvar su felicidad; será autosuficiente. Esta autosuficiencia, el sabio nunca la abandona, incluso cuando está en medio de la sociedad e involucrado en las relaciones familiares.

El tercer pasaje clave proviene de Epicteto, que sabe combinar hábilmente la dimensión epistemológica con la de los vínculos sociales:

(a) «Que si el estar solo es bastante para ser solitario, di tú que Zeus en la conflagración del mundo, está solo y se complace a sí mismo: "¡desdichado de mí, que no tengo a Hera ni a Atenea ni a Apolo y ni siquiera un hermano o un hijo o un descendiente o un pariente!". (b) Pero no ha de estar uno en absoluto menos preparado para poder bastarse a sí mismo, para poder uno convivir consigo mismo. (c) Igual que Zeus convive consigo mismo y se mantiene en paz en sí mismo y medita cómo es su propio gobierno y se mantiene en meditaciones que le son adecuadas, (d) así también seamos nosotros capaces de hablar con nosotros mismos, de no necesitar a otros, de no andar escasos de entretenimientos: examinar el gobierno divino, nuestras relaciones con los demás, observar cómo nos comportábamos antes frente a los acontecimientos y cómo ahora. cuáles son las cosas que aún nos atormentan, cómo podrían, también ellas, ser remediadas, cómo podrían ser extrirpadas;y si alguna de estas cosas necesita perfeccionamiento, perfeccionarla según su razón» [Disertaciones III, 13, 4, trad. Paloma Ortiz García]

 

Leer texto completo

Gretchen Reydams-Schils
Le sage face à Zeus: Logique, éthique et physique dans le stoïcisme impérial
Articulo publicado en Revue de métaphysique et de morale · Enero 2005
Traducción: Yerko Isasmendi





1) Plutarque, Stoic. rep. 1035c & e ; DL VII, 40.
2) Stoic. rep. 1035a-b.
3) J. Brunschwing, «On a Book-Title by Chrysippus : “On the Fact that the Ancients Admitted Dialectic along with Demonstrations”», Oxford Studies in Ancient Philosophy, 1991, suppl., p. 81- 95, recopilado y traducido en estudios de filosofía antigua, Paris, PUF, 1995, p. 233-250 ; J. Annas, The Morality of Happiness, New York-Oxford, Oxford University Press, 1993, p. 163 s. ; J. Cooper, «Eudaimonism and the Appeal to Nature in the Morality of Happiness : Comments on Julia Annas, The Morality of Happiness », Philosophy and Phenomenological Research, LV, 3, p. 587-598 (suivi d’une réponse de J. Annas) ; G. Betegh, « Cosmological Ethics in the Timaeus and Early Stoicism », Oxford Studies in Ancient Philosophy, XXIV, 2003, p. 273-302 ; J. Mansfeld, « Zeno on the Unity of Philosophy », Phronesis, XLVIII, 2003, p. 116-131.
4) G. Reydams-Schils, Demiurge and Providence : Stoic and Platonist Readings of Plato’s Timaeus, Turnhout, Brepols, 1991.
5) SVF I, 123-133 ; II, 738-760 ; Ep. 92.27 s.
6) Marco Aurelio, IV, 14, IV, 40.
7) M. Foucaulft, L’Herméneutique du sujet. Cours au Collège de France. 1981-1982, Paris, Gallimard-Éd. du Seuil, 2001 ; B. Inwood, « God and Human Knowledge in Seneca’s Natural Questions », dentro de A. Laks y D. Frede (éd.), Traditions of Theology. Studies in Hellenistic Theology, its Background and Aftermath, Leyde, Brill, 2002, p. 119-157.
8) QN III, Préface 10.

Determinismo en el Estoicismo - III


En esta tercera entrada vamos a hablar de causalidad, compatibilidad y lo que depende de nosotros. No hay registros que los adversarios o los partidarios del estoicismo negaran nunca que su doctrina era compatibilistas,  en el sentido de que intentaron demostrar la compatibilidad de la responsabilidad humana con un determinismo físico y teleológico. Sin embargo, sus críticos cuestionaron la defensa de su solución a dicho problema, dada su adhesión al principio de que todo está predestinado por el destino. Este punto es de hecho un obstáculo importante para nuestra comprensión del estoicismo hasta el día de hoy[35], por lo que trataré en la medida de lo posible de identificar cual es la postura que defendieron los estoicos. Como indique anteriormente, los seres humanos están condicionados internamente por la consistencia particular de su pneuma que constituye su razón, incluido su carácter. Además, los seres humanos estamos condicionados externamente por las impresiones que recibimos del exterior y por el impacto que tienen en nuestro estado interno.  Siguiendo lo expuesto por Crisipo, dado que no hay movimientos sin causas, los estoicos sostienen que en cada caso, si lo interno así como las condiciones externas son las mismas, la persona actuará invariablemente de la misma manera. Si el resultado es diferente en circunstancias aparentemente idénticas, debe haber alguna diferencia oculta, ya sea en las condiciones externas o en la composición interna de la persona[36].

Para graficar esta idea, podemos usaremos un ejemplo: si le ofrecemos un soborno a alguien, ¿lo obligamos a actuar de cierta manera?. Excepto en casos patológicos, negaríamos que haya alguna compulsión. Depende de la persona si acepta un soborno y si cumple con sus condiciones. Esto es cierto incluso en los casos en que se sabe que la persona está abierta al soborno, en la medida en que "no puede resistir un soborno". A pesar de tal previsibilidad, las personas no son autómatas. Por muy débil que sea su carácter, toman una decisión y, al hacerlo, actúan de acuerdo con su naturaleza interna. Por supuesto, en este caso particular, si no se le hubiera ofrecido un soborno, la persona no habría actuado de la forma en que ella o él lo hizo. Sin embargo, el ofrecimiento de soborno es simplemente el inicio y no la causa principal del acto en sí.

Estas consideraciones muestran que la posición estoica no era tan simplista[37],  su insistencia en que los seres humanos, al igual que todo lo demás en el universo, siempre deben actuar de la misma manera en las mismas circunstancias. descartar que las decisiones sean de ellos. Ese principio tampoco contradice nuestras propias presuposiciones con respecto a la confiabilidad humana y la consistencia del comportamiento. Esto se confirma por el hecho de que a menudo atribuimos desviaciones en nuestro comportamiento a cambios repentinos de humor o a un cambio en el estado de nuestra salud. Dichas excusas no se supone que nieguen nuestra responsabilidad por nuestras acciones. Simplemente tienen la intención de mostrar que nuestra "naturaleza interna" no es normalmente la forma en que nuestro comportamiento excéntrico puede sugerir. Por lo tanto, la responsabilidad no depende de la condición de que siempre seamos capaces de actuar de otra manera; la responsabilidad depende de la condición que los seres humanos tengan "en ellos" para decidir cómo actuar. Que haya un patrón regular de comportamiento no disminuye nuestra responsabilidad; simplemente pone de manifiesto el hecho de que tenemos que aceptar de todos modos: que nuestra personalidad nos condiciona previamente. Esto no descarta la posibilidad de mejora. La experiencia puede afectar las condiciones internas de un individuo de tal manera que aprenda a evitar apresurarse en sus reacciones a las impresiones inmediatas. Por lo tanto, las reprimendas y recompensas de la sociedad no son inútiles:, ya que puede haber un efecto duradero en la naturaleza interna de una persona.

¿Estas reflexiones no nos han llevado demasiado lejos de la posición estoica? No lo creo. De hecho, hay buenas razones para pensar que los estoicos compartieron especialmente nuestra preocupación por el condicionamiento moral interno en el caso de los seres humanos. Cómo funciona esto es uno de los temas principales en ética y psicología estoica. A ellos les preocupaba la cuestión de cómo lograr la composición interna correcta que permita a una persona comprender los decretos de la razón y seguirlos de la manera correcta. Por lo tanto, los estoicos prestaron atención no solo al tipo correcto de educación moral e intelectual una vez que se ha alcanzado la etapa de la razón, sino también a las condiciones del desarrollo de los individuos desde la cuna.[38]. Una vez que las condiciones internas de una persona son establecidas, es difícil cambiar la personalidad del individuo. Este tipo de "determinismo ético" tiene consecuencias importantes. El juicio de conducta moral se centrará menos en lo que hace una determinada persona en una situación específica que en la condición interna responsable del acto.

Según la concepción estoica, los seres humanos son entonces, en principio, predecibles, al menos para un ser omnisciente que conoce todas los recovecos del razonamiento y el carácter de una persona. Como hemos visto, esto no descarta una cierta cantidad de autonomía y responsabilidad en el sentido completo.

Hasta ahora, nos hemos referido a la responsabilidad y a la idea de que hay algo que depende de nosotros, pero ya es tiempo de tocar el tema de la "libertad".Como bien señala Dorothea Fredela eleutheria (ἐλευθερία) originalmente tenía connotaciones políticas y no se utilizó en el debate sobre el destino hasta mucho después. Por lo que al utilizar el término 'libertad' debemos definirlo cuidadosamente, ya que  no solo significa liberarse de las restricciones o de las fuerzas externas. En el discurso moral, "libertad" no puede significar la ausencia de ningún tipo de influencia externa ya que no existe tal vacío. Tampoco la libertad puede significar la ausencia de ningún condicionamiento interno. No hay personas sin carácter, sin opiniones y propósitos propios que condicionan sus decisiones. Dadas estas incertidumbres con la palabra "libertad", tal vez los griegos fueron sabios al dar preferencia al término "lo que depende de nosotros" en el debate de la responsabilidad moral.


Yerko Isasmendi

El ensayo sobre el "Determinismo en el estoicismo" que lo he dividio en varias entregas, su estructura esta basada en el excelente libro "Determinism and Freedom in Stoic Philosophy de Susanne Bolzien (Oxford University Press, 2004) y en el ensayo "Stoic Determinism" de Dorothea Freede, que aparece en el libro "The Cambridge Companion to the Stoics" ( Cambridge University Press, 2003)

Parte I - Parte II




Notas:

35] Ricardo Salles, "Los estoicos y el problema de la libertad" (Instituto de Investigacines Filosóficas, Universidad Nacional Autónoma de México 2006), pág. 77
36]Marcelo Boeri, "El determinismo estoico y los argumentos compatibilistas de Crisipo" (Cuadernos del Sur- Filosofía, 29, 2000), pág. 11-47.
37] Ver el argumento de Crisipo del cilindro rodante mencionado por Cicerón: «Por lo tanto, dice él, (a) así como quien empuja el cilindro le da el principio de movimiento, pero no le da la capacidad de rodar, así también, el impresor ciertamente se imprimirá y casi grabará en la mente su apariencia, pero el asentimiento estará en nuestro poder y, tal como se ha dicho respecto del cilindro, aunque es empujado desde fuera, por lo demás se moverá por su propia naturaleza y fuerza. (b) Si alguna cosa se realizara sin causa antecedente, sería falso que todo se da por destino; (c) pero si para todas las cosas, cualesquiera que se den, es verosímil que una causa la anteceda, ¿qué razón podría aducirse para no reconocer que todas se dan por destino? (d) Siempre y cuando se entienda cuál es la distinción y la diferencia entre las causas»
38] Brad Inwood, "Ethics and Human Action in Early Stoicism" (Clarendon Press  -Oxford 2004), pág 182

Soportar el dolor según los preceptos de los estoicos


Conversación del filósofo [Calvisto] Tauro sobre el modo y manera de soportar el dolor según los preceptos de los estoicos.

Con ocasión de que el filósofo Tauro[1] se dirigía a Delfos[2] a presenciar los Juegos Píticos[3], una concentración de casi toda Grecia, nosotros lo acompañamos. En nuestro viaje llegamos a Lebadia[4], una ciudad antigua, situada en tierras de Beocia. Allí se le comunica a Tauro que un amigo suyo, reputado filósofo de la escuela estoica, yacía aquejado de una grave enfermedad. Entonces, interrumpiendo el viaje -que, incluso sin este contratiempo, debería apresurar-, y dejando los carruajes que nos transportaban, acudió de inmediato a visitarlo. Nosotros lo seguimos, como acostumbrábamos a hacer allá donde fuera. Cuando llegamos a la casa en que residía el enfermo, encontramos al hombre aquejado por terribles dolores en el intestino que los griegos llaman κόλον (colon) y por una fiebre intensa y dejando escapar ahogados gemidos, mientas su pecho exhalaba suspiros y quejidos reveladores más de la lucha contra el dolor que del dolor mismo.

Más tarde, una vez que Tauro hizo venir a los médicos y habló con ellos sobre el tratamiento a seguir y animó al propio enfermo a conservar la fortaleza y entereza de que daba muestras, salimos de allí encaminándonos al encuentro de nuestros carruajes y de nuestros compañeros de viaje. «Habéis contemplado -comentó Tauro- un espectáculo no muy agradable, pero cuyo conocimiento es ciertamente útil; habéis visto luchando cuerpo a cuerpo al filósofo y al dolor[5]. La natural violencia de la enfermedad, haciendo lo que le era propio, producía convulsiones y violentos dolores en los miembros, mientras que la razón y la naturaleza del espíritu hacían lo que también les era propio: soportar, contener y refrenar manteniendo bajo su dominio la violencia de un dolor desenfrenado. No profería gemido ni lamento alguno, ni siquiera una sola palabra indecorosa; a pesar de lo cual había, como visteis, ciertas señales de la lucha entre la virtud y el cuerpo por la posesión del hombre».

Entonces, un joven de entre los discípulos de Tauro, muy interesado por las cuestiones filosóficas, dijo: «Si la crudeza del dolor es tan grande que se enfrenta a la voluntad y al juicio del espíritu y obliga al hombre contra su voluntad a gemir y a reconocer el mal que le causa la enfermedad que se ensaña con él, ¿por qué se dice entre los estoicos que el dolor no es un mal, sino algo indiferente? ¿Por qué, además, el estoico puede verse obligado a algo o por qué el dolor puede obligarlo, cuando los estoicos afirman que el dolor no obliga a nada y que el sabio no puede verse obligado a nada?».

Con el rostro ya algo más alegre -parecía muy complacido por una pregunta tan atractiva-, Tauro respondió así: «Si este amigo nuestro gozara ahora de mejor salud, hubiera impedido que tales gemidos inevitables suscitaran una mala interpretación y te hubiera resuelto, creo, esta pregunta tuya. Ahora bien, tú sabes que yo no comulgo mucho con los estoicos o, más bien, con el estoicismo: en la mayoría de los temas, la doctrina estoica se muestra en desacuerdo consigo misma y conmigo[6], tal como queda manifiesto en el libro que he escrito sobre esta cuestión[7]. Sin embargo, para satisfacer tu curiosidad, voy a explicarte menos técnicamente, como se dice, pero con más claridad, lo que creo que yo diría de modo más intrincado e ingenioso, si estuviera ahora aquí presente un estoico. Creo que conoces aquel dicho antiguo y muy popular: "Habla en plan menos sabio y emplea un lenguaje más comprensible"[8]».

A partir de este punto comenzó a disertar del modo siguiente sobre el dolor y los gemidos del estoico enfermo[9]: «La naturaleza de todas las cosas, que nos ha engendrado, desde el momento mismo de nuestro nacimiento nos dotó y nos imbuyó de amor y afecto hacia nosotros mismos, de tal manera que nada nos resulta más querido y precioso que nosotros mismos, y consideró que la base para conservar a perpetuidad la raza humana consistía en que cada uno de nosotros, nada más nacer, tomara ante todo conciencia y afecto por aquellas cosas que los antiguos filósofos denominaron principios naturales, (τα πρώτα κατά φύσιν)[10], es decir, gozar de todo cuanto resulta ventajoso al propio cuerpo y evitar todo lo que que le es inconveniente. Luego, con el paso del tiempo, brotaron de sus semillas la razón, la reflexión sobre el uso del juicio, la consideración de la honestidad y de la utilidad verdaderas y un afecto más sutil y seguro de las ventajas e inconvenientes; y de este modo sobresalió y brilló por encima de todo lo demás la estima de lo hermoso y lo honesto, y, si algún inconveniente extraño impedía su conservación o posesión, fue despreciado; y se pensó que sólo lo honesto era real y simplemente bueno y que sólo era malo lo que era deshonesto[11]. Y se decidió que todas las demás cosas, que ocupaban un lugar intermedio y que no eran honestas ni deshonestas, no eran ni buenas ni malas. No obstante, se establecieron algunas matizaciones y relaciones distintivas en función de su importancia, a las que ellos mismos llaman προηγμένα (cosas preferibles) y άποπροηγμένα (cosas no preferibles). Por lo cual, el placer y el dolor, cosas ambas relacionadas con el fin mismo de vivir bien y felizmente, fueron ubicados en una zona intermedia, no siendo considerados ni buenos ni malos. Ahora bien, como desde el momento mismo de nacer, antes de la aparición del juicio y de la razón, el hombre se ve imbuido de estos primeros sentimientos del dolor y del placer, y la naturaleza misma lo inclina al placer, al tiempo que lo aleja y aparta del dolor como de un peligroso enemigo, ése es el motivo por el que el raciocinio, que le fue añadido con posterioridad, a duras penas puede arrancar de raíz y extirpar esas afecciones tan íntimamente arraigadas desde un principio. Sin embargo, se enfrenta siempre a ellas y trata de reprimirlas y aplastarlas cuando se exaltan, y las obliga a obedecerle y a someterse. Es por lo que acabáis de ver a un filósofo empeñado, en virtud de su propio convencimiento, contra los embates de la enfermedad y luchando contra la violencia del dolor, sin ceder en nada, sin darse por vencido, sin quejarse ni lamentarse, como suele hacer la mayoría de los que sufren, y sin llamarse a sí mismo desgraciado e infeliz; emitiendo únicamente suspiros amargos y profundos gemidos, indicios de alguien que no ha sido vencido ni aplastado por el dolor y que se esfuerza por vencerlo y aplastarlo».


«Pero es posible -continuó- que, a propósito de ese combate y de esos gemidos, y si el dolor no es un mal, alguien se pregunte por qué es preciso gemir y luchar. Pues porque todo lo que no es malo tampoco está completamente exento de inconvenientes, sino que existen muchas cosas muy perjudiciales, aunque carentes de maldad, ya que no son deshonestas, pero sí opuestas y contrarias a la bondad y dulzura naturales en virtud de cierto encadenamiento oscuro e inevitable de la propia naturaleza. Pues bien, el hombre sabio puede soportar y aguantar esas cosas, pero no puede impedir del todo que alcancen su sensibilidad; porque la ausencia de dolor (αναλγησία) y la impasibilidad (απάθεια) es desaprobada y rechazada, no sólo por mí, sino también por algunos hombres muy clarividentes pertenecientes a la propia Stoa, como Panecio[12], varón de autorizada sabiduría».

«Ahora bien, ¿por qué el filósofo estoico se ve obligado contra su voluntad a emitir gemidos, si dicen que nada puede obligarlo?. Ciertamente, el hombre sabio no puede ser obligado por nada, cuando es posible recurrir a la razón; pero, cuando la naturaleza obliga, también es obligada la razón que la naturaleza nos ha dado. Puedes preguntar también, si te parece, por qué cerramos los ojos cuando alguien agita repentinamente la mano delante de ellos, por qué apartamos espontáneamente la cabeza y los ojos del fogonazo de luz cuando el cielo relampaguea, por qué se siente miedo cuando se produce un trueno muy fuerte, por qué uno se ve sacudido por los estornudos, por qué se abrasa uno bajo los ardores del sol o se queda rígido bajo las heladas rigurosas. Estas y otras muchas cosas escapan al control de la voluntad y del juicio y vienen impuestas por la naturaleza y la necesidad».

«Ahora bien, no es fortaleza aquella que se enfrenta de modo absurdo a la naturaleza excediendo sus límites, bien por insensibilidad de su espíritu, bien por fiereza o por cierto entrenamiento infausto y forzoso para soportar los dolores, como fue, según nos han contado, el caso de un fiero gladiador que, en una fiesta del césar, se reía mientras los médicos estaban sajándole las heridas; la fortaleza verdadera y auténtica es aquella que nuestros antepasados definieron como el saber qué cosas deben tolerarse y cuáles no[13]. De donde resulta que hay algunas cosas que no deben tolerarse y que los hombres fuertes se niegan a aguantar y soportar».

Cuando Tauro ya había dicho todas estas cosas y parecía que iba a añadir todavía más sobre el tema, llegamos a los carruajes y subimos a ellos.



Noches Áticas
Aulo Gelio
Tomo II, Libro XII. pág, 41



Notas:

1] Para el filósofo Calvisio Tauro, cf. nota a 1,9,8 e índice onomástico.
2] Una inscripción hallada en Delfos alude a la presencia de Tauro en esta localidad, pero la datación de la misma es muy controvertida. L.A. Holford -Strevens (“Towards a chronology of Aulus Gelius”, Latomus 36, 1977, 93-109) data este viaje en el 163.
3] Los Juegos Píticos conmemoraban la victoria de Apolo sobre la serpiente Pitón, monstruo oracular de carácter ctónico que habitaba en las laderas del Parnaso.
4] Lebadia (actual Lavadhia), al oeste de Bcocia, era famosa, sobre todo, por el oráculo de Trofonio, a quien algunos relatos legendarios consideran hijo de Apolo,
5] La propatheia o lucha del filósofo contra el dolor es tema muy propio de la filosofía estoica: lo hallamos en Zenón de Citios (334-262), Cleantes de Assos (ca.230), Crisipo de Solis (ca.208), Panecio de Rodas (180-110) o Posidonio de Apamea (135-51). Cf. M. Schaeffer , “Panaetius bci Cicero und Gellius”, Gymnasium 62, 1955, 334-353. Un buen comentario al pasaje que nos ocupa, en Karlhans Abel , “Das Propatheia-Theorem. Ein Beitrag zur stoischen Affertenlehre”, Hermes 111,
i 983, 78-97; del mismo autor, “Des historiche Ort einer stoischen Schmerztheorie”, Hermes 113, 1985, 293-311 y “Panaitios bei Plutarch De tranquilitate animi?', RhM 130,1987,128-192.
6] Tauro era adepto a la escuela platónica, como recuerda Gelio en 7,14,5.
7] Se trata de Περί της απάθειας των Στοικων, obra que, según L. RUSKE (De Auli Gelii, Noctium Atticarum fontibus quaestiones selectae, Diss. Breslau 1883), debió ser la fuente utilizada por Gelio en este capítulo.
8] Aristófanes, Ranas 1445. En griego en el original de Gelio.
9] Véase K. Abel, “Der historische Ort ciner storischen Schmerthcorie”, Hermes 113, 1985, 293-311.
10] Literalmente, “las primeras cosas que se atienen a la naturaleza”.
11] Idénticas palabras en Cicerón, Fin, 3,50.
12] Véase M. Schaeffer, “Panaetius bei Cicero und Gellius”, Gymnasium 62, 1955,334-353.
13] Para el estoico, la virtud es una ciencia. Así, Cicerón, Tusc. 4,24,53: Fortitudo est -inquit [Chrysippus]- scientia rerum perferendarum.

martes, 1 de abril de 2025

San Pablo y el estoicismo

 



Probablemente sea una imprudencia hablar de San Pablo y el estoicismo: «hemos preguntado, y con demasiada frecuencia, la cuestión de relación de san Pablo con Séneca y el pórtico», señala el autor de un trabajo reciente sobre estoicismo y cristianismo[1]. De más esta decir que para tratar este tema con autoridad, sería necesario tener un conocimiento perfecto de la Biblia, la literatura rabínica y la cultura helenística, ya que San Pablo, en su ciudad de Tarso, recibió una educación judía y una formación helénica. Pero puse ciertos límites para que este estudio me permita, espero, no exceder mi competencia. Simplemente quiero confiar en mi reacción como historiador de la filosofía antigua al leer las Epístolas de San Pablo y sus discursos tal como se informan en los Hechos de los Apóstoles, y señalar lo que nos recuerda al estoicismo.

Es cierto que el fracaso de Pablo en Atenas, le provoco un profundo desprecio por la sabiduría filosófica y lo desanimó de buscar en lo sucesivo en la ética cínico-estoica un campo favorable al mensaje cristiano. Vemos, de hecho, después de su discurso en Atenas, que opone violentamente a esta sabiduría y esta locura moral, la cruz. En la Epístola a los romanos, condenó la vanidad de la cultura filosófica de los paganos: «... antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció, .jactándose de sabios se volvieron estúpidos»[2].

Pero la oposición que San Pablo pone entre la sabiduría y la locura como en Efesios 5, 15: «Así pues, mirad atentamente cómo vivís; no seáis necios, sino sabios; ... », es una oposición que nos recuerda más bien a los estoicos, en particular a los de la época romana. Esta coincidencia parece muy significativa, ya que nos sugiere que San Pablo siguió influenciado, voluntariamente o no, por la cultura helénica que recibió y por el medio de las ideas contemporáneas.

La lectura de Hechos y las Epístolas confirma esta impresión. Encontraremos allí temas, imágenes y expresiones habituales de la diatriba cínico-estoica. Esto es lo que debe establecerse: simplemente señalaré a modo de hipótesis lo que parece tener un sabor estoico, dejando que las personas más competentes decidan el valor y la importancia de las comparaciones que plantearé.

I. Legitimidad de una confrontación entre San Pablo y el Estoicismo

Antes de entrar en detalles, es necesario dar las razones por las cuales una confrontación del pensamiento paulino y el pensamiento estoico parece no solo legítima, sino necesaria.

La primera regla a observar en un estudio sobre el cristianismo naciente es preocuparse por el entorno literario y doctrinal en el que floreció[3]. Ahora, cuando comenzó la predicación de Pablo, el estoicismo ciertamente estaba muy vivo. Las viejas creencias habían desaparecido. El estoicismo era la verdadera religión de la mayoría de los sabios, así como las religiones mistéricas importadas de Oriente, se convirtieron cada vez más en la esperanza y el consuelo de la gente. El estoicismo no siguió siendo prerrogativa de los sabios y los cultos. Ciertamente entró en los círculos populares como lo demuestran algunos pasajes de las Sátiras de Horacio[4]. Esto es comprensible: ¿cómo pudieron los esclavos haber permanecido indiferentes a los argumentos por los cuales se demostró que ningún hombre, por naturaleza, había nacido esclavo?[5]. Cicerón, por su parte, había favorecido la filosofía o, más exactamente, la moral estoica, la única forma de filosofía adaptada al temperamento romano.

Desde Platón y Aristóteles, la filosofía había sufrido una profunda transformación. La preocupación puramente especulativa casi había desaparecido y los filósofos buscaban sobre todo dar un apoyo sólido a la vida interior, con miras a trazar caminos que condujeran a la paz del alma, a la libertad interior, a la felicidad, a todos estos bienes que eran los más amenazados. Esta primacía de la ética es muy evidente entre los estoicos del Imperio. Todos son moralistas, preocupados por proporcionar recetas para la vida. Apenas dan lugar a la lógica y a la física, excepto en la medida en que fueran un fundamento a la moral. Su ambición es claramente apostólica: quieren reformar las costumbres y, sobre todo, las del individuo. De ser cívica con Platón y Aristóteles, la moral se ha vuelto individualista. Este rasgo también es común a toda la sabiduría helenística. Quieren cambiar las almas, convertirlas, enseñarles un ideal que les permita realizar su vocación humana y dominar los eventos.

Este deseo de apostolado tuvo repercusiones incluso en la forma literaria: tratados y diálogos dieron paso a discursos de exhortación. El estoicismo del Imperio, especialmente el de Epicteto, toma prestado mucho de la diatriba, de la literatura moralizante popular, cuya tendencia ascética está muy acentuada[6]. Este es el momento en que vemos filósofos deambulando por los países como predicadores y enseñando al aire libre, en una plaza pública o en una encrucijada. Esto ayuda a comprender la invitación que los epicúreos y los estoicos le hacen a Pablo cuando llega a Atenas. Lo toman por un filósofo itinerante. Para actuar de manera más efectiva sobre las masas populares, para atraerlas y retenerlas, la moral utiliza todos los artificios de la retórica: ejemplos, comparaciones, diminutivos, proverbiales, frases populares, metáforas, oposiciones verbales, juegos de palabras, y veremos que San Pablo no desdeñó usar todos estos procedimientos diatribicos[7].

Agreguemos más, para demostrar la importancia de la penetración estoica en el mundo grecorromano, hay que mencionar que al sabio estoico le gustaba proclamarse a sí mismo el tutor de la humanidad. Así era entendido en las grandes familias romanas, donde jugaba un papel análogo al de los directores de conciencia en el siglo XVII[8]. En las guerras civiles, no tenían miedo de enfrentarse a un ejército en rebelión para luego volver al deber y la obediencia[9], o incluso para juzgar al emperador. Es por eso que Nerón encarcela y destierra a estos austeros y juguetones donantes de lecciones. Pero, en el exilio, los estoicos continúan predicando y esta es la ocasión para una mayor extensión de su influencia. Recordados bajo Adriano, honrados bajo Antonino, se convierten en los maestros oficiales de la filosofía. Muchos políticos serán entrenados por ellos. Como resultado, el estoicismo jugó un papel considerable en la evolución de las ideas morales, sociales y políticas en la época del Imperio, y cualquier historiador de orígenes cristianos como cualquier exégeta del Nuevo Testamento debe buscar hasta qué punto este clima de ideas favoreció u obstaculizó la expansión del cristianismo, y marcó la primera predicación de los apóstoles.

En una obra ya antigua, pero que conserva un valor real, G. Boissier concluyó lo siguiente: «Es ... cierto que el movimiento religioso y filosófico del primer siglo preparó el camino para el cristianismo y facilitó su éxito. Podemos decir que en el siglo I todo el mundo "se levantó" bajo el impulso del espíritu religioso y de la filosofía; se erigió, creció y, sin conocer a Cristo, ya se había puesto en el camino del cristianismo»[10]. Todo el mundo sabe que algunos de los primeros apologistas cristianos querían ver en la austera moral de los estoicos, en sus altas ideas sobre la dignidad humana, en su concepción religiosa y mística del mundo, una especie de precristianismo.

San Pablo, al principio trató de confiar en la doctrina estoica para hacer fluir su mensaje, su evangelio. En los Hechos de los Apóstoles (XVII, 18) se dice que sus oyentes, en Atenas, eran epicúreos y estoicos, pero la lectura de su discurso demuestra claramente que solo está dirigido a los estoicos, los únicos con quienes podría comenzar un diálogo. Cuando habló a los judíos, el apóstol evocó los recuerdos y las esperanzas mesiánicas de Israel. Aquí, después de una delicada alusión a la religiosidad de los atenienses, habla de Dios, de la adoración que le debemos y de nuestro parentesco con él, en términos que son claramente un eco de la filosofía estoica e incluso cita una línea de un poeta estoico.

Este discurso, como señala Edwyn Bevan[11], «es un caso notable de repetición en la historia» y «el signo de un gran hecho: la realidad de la relación existente en la historia entre el estoicismo y el cristianismo». De hecho, cuatro siglos antes, alrededor de 350, otro semita, Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, declaró a los atenienses que se debía dar un culto puramente espiritual a Dios, que no se debía construir ningún templo y no erigir ninguna estatua. Ninguna obra de arte puede ser digna de la divinidad, puesto que no es lo suficientemente santa como para honrarla: es solo una obra de albañiles y artesanos[12]. Sólo tal paralelismo entre Pablo de Tarso y Zenón de Citio ya justifica el presente ensayo.

Es principalmente en las Disertaciones de Epicteto que confiaremos para instituir esta comparación entre el estoicismo y San Pablo, no solo porque conocemos a Epicteto mejor que a Séneca, sino especialmente porque Epicteto es un representante mucho más ortodoxo y mucho más riguroso del estoicismo que Séneca. De hecho, encontramos, en el exilio de Nicópolis, un eco muy fiel de la doctrina del estoicismo primitivo y, aunque es un poco más posterior que San Pablo (vivió entre el 55 al 135 aproximadamente), su enseñanza concuerda con la de Séneca y Musonio Rufo, ambos contemporáneos de San Pablo. También podemos estar seguros de que representa completamente el medio en que florecen las ideas del primer cristianismo. Con él volvemos a las heroicas edades de la escuela, puesto que llevó a los últimos límites el ascetismo moral y el fervor religioso que ya le habían dado a la doctrina de Zenón y Cleantes un color tan particular en comparación con las otras filosofías helenísticas.

Sin embargo, se debe evitar una objeción. En un artículo muy importante[13], el Padre Lagrange, impresionado por la piedad de Epicteto, piedad que parece inspirada por la creencia en un Dios personal, afirmó que había «penetración de elementos extraños, o menos una cierta perturbación causada por la proximidad de otra doctrina, ya que una estrella cambia su curso bajo la influencia de otra estrella que la atrae, sin poder atraparla»[14], y, según él, sólo podía ser el cristianismo aquel "elemento extraño". Primero, parece bastante imposible compartir esta opinión[15]. Por lo que,  solo se usarán aquí textos del Epicteto cuya doctrina es auténticamente estoica.

La tercera razón que esta a favor de nuestra investigación, la más importante, es que Pablo de Tarso estaba mejor preparado que nadie para ver los posibles puntos de encuentro entre la sabiduría estoica y el mensaje cristiano. Su ciudad natal, Tarso en Cilicia, era la encrucijada de dos civilizaciones: la del imperio grecorromano y la del mundo semita. Aunque recibió en primer lugar la educación judaica, estuvo profundamente marcado y no podía ser de otro modo, dado su poder de asimilación, por el helenismo. Leer sus Cartas prueba que poseía un conocimiento cabal del idioma griego, que era, en cierto modo, su lengua materna, la de los eruditos y la de la gente común. De esta manera, necesariamente debe haber sido influenciado por las ideas y sentimientos transmitidos por este lenguaje y, de hecho, toma prestadas imágenes y expresiones específicas del helenismo. Además, cuando todavía era un niño, vivía en Tarso, un profesor bastante conocido, que Séneca admiraba[16]: Atenodoro, el alumno de Posidonio. que tuvo que ser escuchado por Pablo, ya que los filósofos estoicos y cínicos daban sus lecciones sobre cuestiones religiosas, morales y sociales en las calles y en las plazas. También pudo haber aprendió de esta manera cuáles eran las preocupaciones espirituales de los paganos, sus aspiraciones y cuáles eran los medios para despertar su curiosidad. Es extremadamente probable incluso que, cuando regresó a Tarso después de su conversión, alrededor del año 39, se haya iniciado, al escuchar a los oradores helénicos, en el popular arte de la discusión, la diatriba y en el perfeccionamiento de su conocimiento del griego.

Lo que nos hace suponer esto es que San Pablo tenía una conciencia muy clara de su vocación como apóstol de los gentiles. Constantemente reafirma que fue especialmente elegido por Dios para llevar el evangelio a los gentiles y es muy conocido que es necesario alinear los textos. Está claro que San Pablo no podría responder eficazmente a su llamado si no supiera perfectamente el entorno que tenía la voluntad de convertir. Sería un insulto a su genio creer que no buscó lo que, en sus creencias anteriores, podría servir para atraparlos, como decimos hoy.

Terminemos con un último comentario. En sus epístolas, San Pablo a menudo ataca a los judaizantes. Como señala acertadamente el padre Benoit[17], no debemos olvidar que «junto al judaísmo ortodoxo, que triunfó después de la destrucción del Templo y que está representado para nosotros por escritos rabínicos, existió, en particular hacia el comienzo de nuestra era, un judaísmo más o menos heterodoxo, cuyas diversas corrientes fueron influenciadas por la filosofía griega y las religiones asiáticas».

Por lo tanto, la cultura helénica de San Pablo debía ayudarlo providencialmente en su conquista del mundo pagano. Sin duda no se trata de hacer de la teología paulina un sincretismo, como les gustaría a los partidarios de la escuela racionalista[18], pero sería anti-científico no buscar la repercusión que pudieron haber tenido en su conocimiento las ideas filosóficas paganas, especialmente las estoicas (por las razones expuestas anteriormente), para la presentación del mensaje cristiano. La gracia no destruye nada que merezca ser salvado. Después de su conversión, San Pablo conservará lo mejor de su entrenamiento helénico y judaico. La naturaleza y la gracia, lo anterior adquirido y la nueva revelación se unirán en él y contribuirán a convertirlo en el brillante apóstol de la Iglesia emergente.

Parece que el mismo San Pablo nos invita a descubrir que la herencia helénica, podría ser mantenida por el cristianismo, cuando escribe: «... todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta»[19].




A.Jagu
Traducción: Yerko Isasmendi

Traducción del ensayo "Saint Paul et le Stoïcisme" que fue publicado en la Revue des Sciences Religieuses, (tomo 32, fascículo 3, 1958. pp. 225-250). Dicho artículo contiene el texto completo de dos cursos impartidos en el VI Congrès biblique de l'Ouest, organizado por M. de Surgy, profesor de la Facultad de Teología de l'Université catholique d'Angers y que se celebró en Laval del 17 al 20 de Septiembre de 1956.


Notas:

1] Michel Spanneut, "Le stoïcisme des Pères de l'Eglise", París, 1957, p. 33. Este notable trabajo llena un vacío. Ya antes tuvimos el notable trabajo "Platonisme des Pères" de R. Arnou en el Dictionnaire de Théologie eatholique, pero no teníamos ningún estudio válido sobre las relaciones entre la filosofía estoica y la teología cristiana de los primeros siglos.
2] I, 21-22. Siempre citamos de la Biblia de Jerusalén.
3] Un buen ejemplo de este método es el libro de Dom Jacques Dupont. Gnosis. La connaissance religieuse dans les épîtres de saint Paul, Lovaina-París, 1949. Puede consultar también los artículos de S. Lyonnet, L'étude du milieu littéraire et l'exégèse du Nouveau Testament dans Biblica: XXXV, 4, p. 480-502; XXXVI, 2, pág. 202-212; XXXVH, 1, pág. 1-38.
4] Ver el distribuidor de segunda mano en el segundo libro de Sátiras de Horacio, II, 3, convertido al estoicismo. Ver también I, 3, 134; II, 3, 35; H, 7, 35. Lea E. Courbaud, Horace, París, 1914, p. 58)
5] Max Pohlenz, La liberté grecque (trad. J. Goffinet), París, Payot, 1956, p. 180
6] Leer, en particular, André Oltramahe, Les origines de la diatribe romaine, Lausanne, Lausana, 1926
7] Cf. Norden, Antike Kunstprosa, p. 506, n. 1.
8] Constant Martha, Les moralistes sous l'empire romain, Paris, 1886, p. 2-6.
9] Tacite, Histoires, III, 81.
10] La religion romaine*, Paris, 1900, t. n, p. 402
11] Stoïciens et Sceptiques, Paris, 1927, p. 2.
12] Clément d' Alexandrie, Strom., V, 12, 76, p. fôlP. — Qrigène, C. C&sum, I, 5 apud von Arnim, fr. 264, 265J
13] La philosophie religieuse d'Epictète et le Christianisme dans Revue Biblique, 1912, p. 5-21 ; 192-212.
14] Ibid., p. 201.
15] A. Jagu, Christianisme et Stoïcisme dans Bulletin des Facultés catholiques de l'Ouest, juillet 1949, p. 3-4.
16] Ep., X, 5. Voir Hense, Seneca und Athenodor, Fribourg-en-Brisgau, 1893 ; surtout Max Pohlenz, Die Stoa, Gôttingen, 1948, t. I, p. 402 ; Paulus und die Stoa dans Zeitschrift fur die neutestamentliche Wissenschaft, Berlin, 1949, p. 69.
17] Introduction à l'Epitre aux Colossiens (Bible de Jérusalem), p. 48
18] ¡Esta tesis tiene una vida resistente! Recientemente ha sido apoyado por Cari Schneider, Geistesgeschichte des antiken Christentums, Miinchen, 1954. 2 vol. tn-8 °, LX-734 y XI-424 páginas. Para el autor, el cristianismo es el continuador y heredero del helenismo; y se explica completamente por la civilización helenística; En cuanto a San Pablo, él es sólo un Griechisch-hellenistischer Mensch! Ver la excelente reseña de H. I. Marhou en Revue des Etudies Anciennes, Juillet-décembre 1955, p. 412-416.
19] Filipenses  IV, 8.

Determinismo en el Estoicismo - II

 



En esta segunda entrada sobre el determinismo estoico, comenzaré abordando el tema de la noción estoica de causalidad. Debemos tener en claro que «la necesidad de combinar la unidad en el nivel cósmico con la pluralidad en su representación cósmica interna de la naturaleza, y especialmente en la vida humana, explica la diferenciación entre los factores causales en los que los estoicos basaron su defensa de la compatibilidad del determinismo con la libertad humana individual»[22], por lo que es necesaria una breve aclaración de la noción estoica de causalidad, lo que no es nada fácil debido a que no hay un consenso en las fuentes., algunas de ellas tratan a los estoicos como unitarios causales, como por ejemplo Séneca cuando se refiere a la simplicidad de la concepción estoica de la causa, «Cuando buscamos la causa, nos referimos a la razón que la produce, y eso es Dios»[23], mientras que otras se concentran en la única fuerza activa, o hablan de un "enjambre de causas", insinuando que los estoicos intentaron ofuscar la vergonzosa consecuencia de sus principios deterministas mediante un conjunto de distinciones desconcertantes, como es el caso de Alejandro de Afrodisia[24], que en su De Fato comenta que «Enumeran un enjambre (smênos) de causas, a saber, las causas anteriores (prokatarktika), las co-causas (sunaitia), las febriles (hektika), las que contienen (sunhektika) y algunas otras». Por lo que es importante clasificar los diferentes tipos de factores causales reconocidos por los estoicos y explicar sus interconexiones. Las distinciones estoicas de causas y factores causales son realmente difíciles de comprender, ya que  las fuentes a las que tenemos acceso provienen de tiempos diferentes y, a veces, abordan diferentes versiones de la teoría estoica, por lo que trataré de hacer las distinciones de niveles de estas. En el nivel cósmico, solo hay una causa, el espíritu divino activo o pneuma. En el nivel intracósmico, los estoicos asignan diferentes funciones a los diferentes tipos de condiciones dentro de una red causal dada.

A esta altura podemos ver que a pesar de la diversidad en los detalles, surge una dicotomía, ya que los estoicos distinguieron entre los principales 'enlaces' dentro de las conexiones causales y los factores que los unen. Tal dicotomía de causas principales y causas antecedentes se atribuye de hecho a Crisipo en el tratado de Cicerón, "De fato", «Entre las causas, algunas son completas y principales, otras auxiliares y próximas. Por esta razón, cuando decimos que todo sucede por el destino a través de causas anteriores, no queremos que esto se entienda como si fuera por causas completas (perfectae) y principales (principales)[25], sino por causas auxiliares (adiuvantes) y próximas (proximae) a unos»[26]

Sin embargo, hay algunas características inquietantes sobre esa supuesta dicotomía. En primer lugar, no está claro si la combinación de los epítetos 'completo' y 'principal' por un lado, y 'auxiliar' y 'próximo' por el otro es entenderse exegéticamente o si su conjunción indica subdivisiones adicionales. Además, dado que no podemos estar seguros de qué términos griegos Cicerón expresaba con sus expresiones latinas, tampoco podemos estar seguros de si las causas antecedentes se limitan al papel de las causas auxiliares. El propio texto de Cicerón da lugar a dudas al respecto, porque anteriormente en "De fato" le atribuye al antecedente causal un papel mucho más dominante que en su 'mediación' final entre las partes en conflicto sobre la noción del destino. Inicialmente, Cicerón acusa a Crisipo de sostener que las causas antecedentes son responsables del principio general de la sumpateia en la naturaleza. Como tal, presuntamente predeterminan las personalidades morales de las personas en la medida en que necesitan sus acciones. Cicerón objeta fuertemente a tal pre acondicionamiento: «Si hay causas antecedentes naturales (causae naturales et antecedentes) por qué diferentes personas tienen diferentes propensiones, esto no significa que, por lo tanto, también haya causas antecedentes naturales para nuestra voluntad y nuestros deseos [. . . ]. Aunque las personas inteligentes y estúpidas nacen así de causas anteriores [. . . ] sin embargo, no se sigue que también esté determinado y resuelto por las causas principales que deben sentarse o caminar o hacer lo que sea»(Fat. 9).

Las incertidumbres sobre la concepción estoica de las causas y su poder respectivo también se reflejan en el informe de Clemente de Alejandría: «Algunas de las causas son antecedentes (prokatarktika), algunas contienen (sunhektika), algunas contribuyen (sunerga), algunas son condiciones necesarias (hôn ouk aneu)»[27]. Aunque no es fácil ver que la distinción de causas de Clemente coincida con la división señalada por Cicerón, ni cómo las causas antecedentes están relacionadas con las causas" contribuyentes "y las" condiciones necesarias". Tampoco está claro si para Clemente, el antecedente desempeña el papel de la causa "principal".

Para establecer cierto orden debemos de reconocer la más importante cláusula restrictiva en la teoría estoica que distingue las causas apropiadas y los meros factores contribuyentes. Como Séneca lo resume sucintamente (Ep. 65, 4): «Los estoicos opinan que la causa es única: la acción del artífice (id quod facit)»[28]. Al mismo tiempo, acusa Aristóteles y Platón  de introducir una multitud de causas (turba causum), ya que reconocen no solo las causas remotas, sino también las condiciones necesarias, como el tiempo y el lugar[29]. Este comentario contiene una pista importante que concuerda con otros informes sobre la noción estoica de causa. El término 'causa' se aplica solo a un cuerpo que está activamente involucrado en algún proceso o responsable de algún estado. Esta restricción también explica una característica en la teoría estoica que al principio es difícil de comprender, es decir, su peculiar distinción entre causa (aition) y efecto (apotelesma). Aunque esta distinción nos pueda parecer una parte natural de cada idioma, no solo fue una invención de los estoicos, una escuela de filósofos relativamente tardía en la era helenística, sino que también tuvo un significado especial para ellos. Dorothea Frede aclara esta distinción, «Contrariamente a lo que uno podría suponer, el efecto no es el cuerpo afectado en sí, sino simplemente algún cambio o diferencia de estado en ese cuerpo. clasificado como estado de cosas incorpóreo. Como explica Sexto Empírico(MIX 211): «Un cuerpo, como un cuchillo, se convierte en la causa de un cuerpo, la carne, de un predicado incorpóreo (katêgorêma), es decir, ser cortado. O, de nuevo, un cuerpo, el fuego se convierte en la causa de otro cuerpo, madera, del predicado, quemándose». Dejando a un lado la pregunta de por qué los estoicos asocian cambios o efectos con predicados, está claro que tales efectos incorpóreos por sí mismos no pueden a su vez actuar como causas de cambio en otros cuerpos».[30] Destino, el desarrollo causal general eterno en el universo, por lo tanto, no es explicado por los estoicos en términos de una concatenación de causas y efectos, sino que se define como una concatenación de causas, es decir, de cuerpos que interactúan entre sí. Esto explica por qué la palabra 'efecto' no aparece en la definición estoica del destino. El destino siempre se define en términos de una serie de causas: hay un nexo causal eterno, donde la causa da lugar a la causa. Dada la coherencia general entre todas las cosas en el universo, el destino se entiende mejor no como una secuencia lineal sino como una red de causas que interactúan.

Esta distinción entre causa corpórea y efecto incorpóreo, y la limitación de las causas a los cuerpos es notable porque habla de la sutileza de la teoría estoica de la causalidad. También explica por qué los meros factores contribuyentes o las condiciones necesarias no se tratan como causas si no son cuerpos contribuyentes activos.

Para ir clarificando este punto, debemos de tener en mente que «las 'co-causas' (sunaitia) forman una subclase especial de 'causas principales', ya que en algunos casos, un cuerpo no es suficiente para producir el cambio, como cuando se necesitan varios bueyes para tirar de un carro. Ninguno de ellos individualmente es la causa principal o completa del evento. Además ciertas causas tienen una naturaleza especial. El nombre 'sunhektikê aitia' = 'que contiene' o 'causa de sostenimiento' sugiere, se refiere a la estructura neumática interna del cuerpo que actúa: actúa como lo hace debido a la tensión interna de su pneuma En el caso de co -causas, por supuesto, no hay tensión interna unificada; por lo tanto, no funcionan sobre la base de un poder conjunto "que contiene».[31]

Estas consideraciones, entonces, también arrojan algo de luz sobre la distinción de Cicerón (que se refleja en otras fuentes) entre causas 'perfectas' y 'principales': la distinción tiene sentido si las causas perfectas son solo aquellas que no requieren factores para sus actividades, como en el caso de la emisión de calor del sol, mientras que las causas principales presuponen ciertos factores contribuyentes[32]. Por lo tanto, parece haber buenas razones para la diferenciación en Cicerón que está bastante de acuerdo con la dicotomía aproximada entre el antecedente y las causas principales. 

Volviendo a Cicerón, nos encontramos con el problema de la terminología usada para referirse al antecedente y a la causa principal, ya que a veces llama «a las causas antecedentes 'prokatarktika', un nombre que parece limitarlo a la 'iniciación' de un proceso de cambio[33]. En cambio, otras fuentes emplean el término 'prohêgoumenon' = 'principal', una opción que sugiere que la causa antecedente es el factor decisivo en la interacción causal».[34]. Por lo tanto, surge la pregunta de cuál es la diferencia, si la hay, entre el antecedente y la causa principal

Para aclarar este punto, hay que señalar que los estoicos se basaron en una distinción entre el antecedente o externo y la causa principal o 'interna' para explicar cómo los seres humanos son parte de la red de interconexiones causales, de tal manera que haya espacio para la responsabilidad personal. La justificación estoica consiste en hacer las causas internas, pero no las externas, las principales causas de las acciones humanas. Aunque el medio ambiente actúa sobre nosotros de una manera que no está sujeta a nuestro control, nuestras reacciones dependen de nosotros, ya que dependen de nuestro estado interno.


Yerko Isasmendi

El ensayo sobre el "Determinismo en el estoicismo" que lo he dividio en varias entregas, su estructura esta basada en el excelente libro "Determinism and Freedom in Stoic Philosophy de Susanne Bolzien (Oxford University Press, 2004) y en el ensayo "Stoic Determinism" de Dorothea Freede, que aparece en el libro "The Cambridge Companion to the Stoics" ( Cambridge University Press, 2003)

Parte I - Parte III




Notas:

22] Dorothea Frede, "Stoic Determinism" en The Cambridge Companion to the Stoics (Cambridge University Press 2003), pág 186
23] Lucio Anneo Séneca, "Epístolas Morales a Lucilio, tomo I" (Editorial Gredos 1986), Carta 65, 12, pág 362
24] Alejandro de Afrodisias  fue el más célebre de los comentaristas griegos de las obras de Aristóteles, lo que le valió el apodo de «el exégeta» (ὁ ἐξηγητής). 
25] Crisipo rechaza la existencia de la necesidad, ya que el asentimiento depende de nosotros, pero defiende la del destino, ya que nada sucede sin causas precedentes; frente a él, Cicerón defiende, apoyándose en Carnéades, que un juicio referente a hechos futuros puede ser verdadero sin ser por ello de carácter necesario. Para más información consultar: Crisipo de Solos, "Testimonios y Fragmentos II" (Editorial Gredos, 2006), pág 119
26] Ángel Escobar en su introducción al libro "Sobre la Adivinación, sobre el Destino y Timeo"  de la editorial Gredos señala "«En realidad, Cicerón, además de negar la existencia del destino en términos absolutos y de defender la existencia del azar (Fat. 5, 19), consideraba la existencia de la libertad personal — desprovista de cualquier causa natural antecedente (Fat. 9)— como una especie de necesidad, insoslayable para que la moral, dominio de especial importancia en su reflexión sobre el tema, pudiera disponer así de su único fundamento posible: la responsabilidad del individuo respecto a sus propias actuaciones»
27] Clemente de Alejandría, "Misceláneas", Libro VIII, Cap IX, pág, 1145
28] La conclusión es clara: para los estoicos no hay más que causa eficiente, la cual actúa sobre la materia, la transforma y produce las obras de la naturaleza.
29] Ismael Roca Mella en la nota al pie del "problema de la causa. La contemplación del universo y su aplicación moral" del tomo I de las Epístolas Morales a Lucilio, comenta «Los estoicos oponen a una materia inerte una causa dinámica. Aristóteles distingue tres causas: la material, la eficiente y la formal, a las cuales añade la final. Platón señala además la causa ejemplar (2-8). Como toda obra artística, también el mundo cuenta con las cinco causas de Platón, y el fin que Dios, causa eficiente, se propuso al crearlo fue la bondad. Pero a Séneca le interesa la causa primera y general de la que penden las otras y que debe ser simple. De ahí, concluye, que Platón y Aristóteles o señalaron demasiadas causas, o no las suficientes
30] Dorothea Frede, "Stoic Determinism" en The Cambridge Companion to the Stoics (Cambridge University Press 2003), pág 189
31] Susanne Bobzien, "Determinism and Freedom in Stoic Philosophy" (Oxford University Press 2004), pág 53
32] Bobzien niega que Crisipo haya elaborado una taxonomía sistemática de causas y argumenta que la distinción entre la función auxiliar y la principal se refiere solo a las causas antecedentes, pero sus razones para rechazar la "visión recibida'' son demasiado complejas para ser evaluadas aquí. 
33] Plutarco en su critica Crisipo señala que el prokatarktikon está diseñado para actuar como un incentivo, pero no como una causa principal. Para Plutarco, este movimiento de Crisipo sería una inconsistencia porque limita el poder del destino. Para más información consultar: Plutarch. "Moralia, Volume XIII: Part 2" (Loed Classical Library, 1976), pág 384
34] Dorothea Frede, "Stoic Determinism" en The Cambridge Companion to the Stoics (Cambridge University Press 2003), pág 191